jueves, 2 de abril de 2015

IMPRESIONES DEL PARO



1) Primero,  el paro gremial del día martes 31 fue masivo y contundente, si bien es verídico que contribuyó a los altos niveles de ausentismo laboral el cese de actividades  del transporte público, lo cual imposibilitó que muchos asalariados pudieran llegar a sus ámbitos de trabajo en caso de que no adhirieran al Paro.


2) En relación a la demanda puntal, como máxima, de eliminar el impuesto a la ganancia sobre el trabajo o al menos elevar el mínimo no imponible, hay que tener en consideración dos cuestiones a priori:

  
  a)En países desarrollados  que supuestamente tenemos como espejo a imitar -Noruega Alemania-, este impuesto existe y es pagado desde escalas salariales aún menores que en nuestro país.

 b)En Argentina,  el impuesto a las ganancias, es archisabido, grava a una minoría del universo de  trabajadores en relación de dependencia.


3)No obstantes, es cierto que hace un poco de “ruido”, en términos de justicia distributiva, que el laburante, el proletario más o menos calificado sea gravado con este impuesto mientras sectores rentísticos como el ámbito financiero o el mercado bursátil son eximidos de esta presión tributaria.

Tal vez en este asunto el gobierno o la próxima gestión (resulte k o no)  debería abrir una agenda de discusión con los distintos actores involucrados del mundo sindical y el sector empresario  en relación con una reforma impositiva de tipo progresista.

Esta mesa de diálogo se deberían, incluso, reconocer posibles costos  o efectos contraproducentes que pudieran implicar una orientación en ese sentido para la gobernabilidad de la economía argentina como una intensificación de la fuga de capitales y de la demanda de la divisa norteamericana que perjudicara a la mayoría de los asalariados con ingresos fijos.

Además, hay que decirlo, los trabajadores  de mayores ingresos contribuyeron durante estos años al drenaje de divisas. Por ejemplo, durante el año 2014 un tercio del achicamiento de las reservas fue provocado por este sector. Ergo no resulta descabellado pensar que puede haber cierto temor desde el Ministerio de Economía del “rusito” Kicillof a que un  aumento en el mínimo no imponible implique nuevos recursos en manos de los trabajadores que  puedan “volar” a la compra de dólares, colaborando con una futura devaluación con todos los perjuicios que eso conlleva para el resto de los trabajadores.


 4) En relación al carácter político del Paro, habría que aclarar en una primera digresión que todo Paro es intrínsecamente político si reconocemos que el ámbito de lo “político” incluye  la  dimensión conflictiva.

En este caso particular, se trata de  un antagonismo entre una parte significativa del mundo sindical que actúa como grupo de presión (aunque ellos se auto-perciban como representantes del interés general de los trabajadores, son mal que les pese un grupo de presión)  para intentar arrancarle al  gobierno  las políticas públicas que beneficien o al menos que  no perjudiquen a sus afiliados, en este caso concreto la cuestión impositiva.

Pero  no  es este el significado cuando se denuncia, se estigmatiza al paro gremial, sobre todo desde el oficialismo, de “paro político”.

Más allá de la naturaleza conflictiva, desde el elenco gubernamental se percibe  en este Paro un propósito superior por parte de los responsables a una  demanda social o económica, legítima o no, discutible o no. Se percibe en este cese de actividades  un interés político de mayores dimensiones vinculado al objetivo de degastar la imagen e incluso  la gobernabilidad del oficialismo kirchnerista frente a la cercanía de las elecciones nacionales presidenciales  y evitar  de este modo la continuidad del actual proyecto en el gobierno.

Es obvio que en esta percepción, en este diagnóstico del Frente por la Victoria no es desacertado,  algo de eso existe. Los actores involucrados en el Paro no son ingenuos y son conscientes que contribuyen a desgastar políticamente al gobierno, más allá de la demanda sindical en particular.


5)  En este contexto, hay que decirlo (aunque duela ya que tengo varios amigos ahí) el rol de los partidos o sindicatos pertenecientes al segmento izquierdista deja mucho que  desear


Si la izquierda, en todo el proceso K,  ha buscado diferenciarse del gobierno y es opositor al mismo en función de respetar sus principios programáticos y axiológicos en cierto punto es respetable, pero la incoherencia o la contradicción ideológica es evidente si te movilizás o “parás” con el sindicalismo más rancio y conservador, mientras te aplauden los sectores partidarios de derecha al borde de una elección nacional en connivencia con el aparato mediático hegemónico.


Las izquierdas “viven” criticando y visibilizando las contradicciones, los dobleces por derecha del gobierno nacional y popular desde un purismo ideológico y axiomático que ellos violan desde el momento que confluencian fuerzas con sectores más reaccionarios y recalcitrantes del mapa político y sindical vernáculo.


Si te vas a diferenciar del gobierno nacional por “izquierda”, distanciate de modo claro y contundente en la práctica política y social de la derecha sindical, partidaria y mediática, que a priori resultaría una empresa más  factible por la abismal distancia ideológica. Pero no. Autojustifican  que su accionar está fundado en  una alianza táctica y coyuntural para desgastar al gobierno “burgués” tibiamente reformista, pero observando las encuestas previas a las elecciones presidenciales del presente año no se percibe un giro hacia la izquierda de la sociedad argentina, sino todo lo contrario.


Por otra parte, la derecha partidaria busca capitalizar cada protesta o demanda social  de naturaleza patronal o sindical con discursos y propuestas facilistas o demagógicas de difícil concreción sino se desea desfinanciar al Estado.


Si sectores de la burguesía y clases medias reniegan del cepo cambiario, la derecha institucional sale apresurada al espacio mediático a prometer su eliminación en caso de llegar a la Casa Rosada. Si el “campo” pide eliminar las retenciones su discurso es similar. Si los gremios, como en este caso, reclaman por el impuesto a las ganancias, prometen su inmediata supresión.

En caso hipotético de ser oficialismo la derecha, a partir  de un triunfo electoral en las presidenciales de este año, y  dar respuesta  a las demandas con estos criterios impositivos, no habría economía ni Estado que aguante.

 De aplicar este menú de medidas, quedaría desguazado de recursos el sector público para cumplir con sus políticas sociales entre otras. Salvo que se remita al endeudamiento para gasto corriente o para garantizar un funcionamiento mínimo del aparato estatal. Sería un regreso a una variante neoliberal. Ya sabemos como termina eso.

domingo, 8 de febrero de 2015

Metamorfosis de la representación. Cultura política y kirchnerismo frente a las elecciones 2015




Desde fines del siglo XIX  hasta mediados del siglo XX los lazos de representación políticas estaban enmarcados en el paradigma del denominado partidos de masas o democracia de partidos como lo analizara Bernan Manin en su conocido artículo “La metamorfosis de la representación”.

Esta representación se caracterizaba por lealtades permanentes, partidos ideologizados, identidades fuertes y correspondencia perdurable  entre los intereses de los estratos sociales y los programas de los partidos políticos.

De este modo, en Europa el clivaje izquierda-derecha constituía  la escisión predominante del campo político. Generalmente los sectores proletarios votaban o inclinaban sus preferencias a los partidos comunistas o socialdemócratas y la burguesía y clases medias altas a partidos conservadores.

En el caso argentino el eje de escisión fue menos definido en términos de clase, puesto que la experiencia peronista fue policlasista y  anclado en un proyecto de soberanía estatal y liberación nacional. De todas maneras,  el clivaje se ordenó en torno a la escisión peronismo-antiperonismo. Donde el primero contaba con apoyo electoral de los trabajadores y el Radicalismo con la anuencia de las clases medias.

Simultáneamente los intereses de la oligarquía y la alta burguesía,  no pudieron constituir un partido de derecha con viabilidad electoral, apelaban a los golpes de estado militar para imponer sus intereses (Edgardo  Mocca).

En la década del ‘60 y ‘70 -especialmente con la llegada de la  globalización, las nuevas tecnologías y el predominio de los medios masivos  de comunicación- los lazos de representación se modifican, sufren al decir del politólogo Bernad Manin una metamorfosis. Se privilegia la imagen de los candidatos, el slogan a través de las campañas publicitarias de televisión, se desideologizan las propuestas partidarias, aparecen los denominados partidos “atrapa todo”, al tiempo que la subjetividad o conciencia de  clases se diluye y es reemplaza por la denominada opinión pública.

Las nuevas clases media, surgidas al calor del Estado de Bienestar en Europa y de la sociedad de consumo, difuminan la división de clases. Los patrones de consumo y los valores individualistas de la burguesía son asumidos como propios por parte de los sectores subalternos al tiempo que se debilitan los ideales revolucionarios.

En este escenario, los partidos políticos desideologizan sus posturas con el propósito de captar  el denominado “electorado independiente”,  orientando sus propuestas hacia el “centro” donde los medios de comunicación asumen un rol determinante.

En Argentina la cultura política basada en la “alternancia” entre militarismo y el movimientismo tenía particularidades propias, diferenciada de la cultura clasista de los países centrales, aunque la efervescencia ideológica y política se mantuvo e incluso se intensificó en los ‘70 con el regreso de Perón y el pregonado proyecto del socialismo nacional de la  izquierda peronista.

El regreso de la democracia en los ‘80 vino atravesado con la exaltación de las nociones de Estado de Derecho y las libertades individuales,  que cobran importancia tras la noche negra del Proceso. En ese marco se sale de la cultura  movimientista que ocupaba todo el escenario político y se va instalando un formato de sistema de partido con posibilidades de alternancia al estilo de las democracias centrales, en nuestro caso  mediante el bipartidismo radicalismo-peronismo.

Sin embargo, al mismo tiempo que se instauraba incipientemente una democracia de partidos, que en Argentina había estado ausente,  en el mundo los partidos dejaban de ser lo que habían sido en el pasado para adquirir relevancia la denominada democracia de lo público o de “audiencia” analizada por Bernan Manin  en el  citado artículo sobre “La metamorfosis de la representación”.

En nuestro caso también adquiere relevancia el impacto de los medios de comunicación en la política,  la mercadotecnia política, las encuestas y los sondeos de la opinión pública.

El problema que este nuevo formato democrático lejos de constituir una ciudadanía culta y virtuosa que controlara a los poderes, como pensaban los clásicos de la teoría democrática, se transforma en una masa gelatinosa,  volátil, inestable, ecléctica, y de baja intensidad ideológica .

Al respecto, el politólogo Hugo Quiroga señala que “este modelo mediático de la política no favorece precisamente la racionalidad discursiva, ni la racionalización. La idea de un ciudadano autónomo pareciera alejarse”.  Es más, afirma este autor puntano radicado en la Universidad de Rosario: “El votante en una misma elección puede elegir a un candidato de centro-izquierda a nivel nacional con otro de centroderecha a nivel provincial o viceversa”.

O como señalara alguien insospechado de pertenecer al mundo izquierdista crítico anti-sistema, el politólogo liberal Giovani Sartori: “la televisión transforma la noticia en entretenimiento y la información en espectáculo, contribuyendo a la producción de una visión cínica y espectacularizada de la política. En las democracias contemporáneas la opinión pública no es autónoma sino teledirigida”.

La consolidación de la hegemonía neoliberal en los `90 que colabora con una cultura política apática, hedonista e individualista acentúa y lleva al clímax esta metamorfosis de la representación. Señalaba en esos años  el sociólogo  de la FLACSO, Daniel García Delgado: “La gente cada vez espera menos de la política y se orienta hacia el mercado, lugar donde se decide si “va a salvarse” o no. Si la política estuvo en el pasado dominada por las nociones de clase y nación, esta pierde ahora esta determinación”.

De este modo, en un  escenario donde adquiere predominancia el marketing político, los sondeos de opinión, las encuestas y la personalización de la política por sobre los programas partidarios, el voto depende cada vez más de la “oferta política” o el clivaje estipulado por el candidato antes que un alineamiento de clases o social automático. En este marco el modelo militante entra en crisis porque ya no agrega poder (Daniel García Delgado).

Sin embargo, en paralelo a este horizonte noventista empapado de cierto tratamiento trivial, espectacularizado y banal de la política, se configura el surgimiento de voces contra-hegemónicas de los expulsados  del mundo del trabajo por las políticas de “ajuste”.

Los denominados movimientos sociales “piqueteros” tratan,  rescatan  la política  en los viejos lenguajes militantes, en torno a valores como la igualdad  social, la recuperación del Estado, la re-significación de la soberanía  frente a los poderes fácticos externos e internos,  la regulación del mercado.

Tras la crisis de representación e ingobernabilidad del 2001, donde los dirigentes son percibidos por  la sociedad como una casta privilegiada, autonomizada de los problemas sociales  (Quiroga Hugo), el frágil  sistema bipartidario  se desarticula en múltiples candidaturas. De esta forma se  agudiza  el surgimiento de  candidatos “intinerantes”, que surfean al calor de la agenda mediática, donde los partidos aparecen más como un “sello de goma”. (No está de más decir  que un ejemplo prototípico del político nómade es el de Elisa Carrio quien cortó con el Radicalismo para conformar  ARI, la Coalición Cívica posteriormente, luego la Alianza Faunen,  para terminar  en las filas macristas).

Por otra parte,  a partir del año 2003 se relegitima la autoridad presidencial  ya que el nuevo presidente Néstor Kirchner toma nota las demandas ideologizadas de movimientos sociales y sectores medios progres y las refleja  en políticas estatales.

El kirchnerismo implica en este sentido un intento de recuperación de la política en clave ideologizada y militante, como en el modelo anterior, esta vez en torno del clivaje neoliberalismo y antineoliberalismo, donde en el primero se hallan los intereses de las elites económicas, corporativas y políticas y en el segundo los intereses del pueblo.

En este sentido el K intenta reordenar el mapa político en torno a los proyectos de transversabilidad o concertación plural a partir de configurar una constelación centro-izquierdista por fuera del PJ.

Si bien el clivaje o la oferta electoral del kirchnerismo en torno a los ítems estado-mercado o política vs corporaciones, autoritarismo vs derechos humanos, anclado en la recuperación económica y cierto bienestar material en los sectores populares el kirchnerismo, logra altos índices de aprobación en la opinión pública, ésta, sabemos,  no es sólida  y se caracteriza por una morfología gaseosa y voluble.

El kirchnerismo, en su alianza circunstancial y táctica con los pulpos mediáticos, logra la anuencia de porciones significativas de esta  ciudadanía  fluctuante o de baja intensidad ideológica, quizás necesarias tras una legitimidad electoral de origen recortada del 22%, pero ante el conflicto con el establishment agro-mediático, el apoyo de la opinión pública se desploma como un castillo de arena.

El kirchnerimo no logra imponer en la sociedad una escisión propia de la cultura movimientista  como  la de pueblo-oligarquía durante el conflicto agrario y la anuencia de una opinión pública voluble y vaporosa que le había sido afín hasta ese momentos se desploma para migrar hacia otros candidatos electorales dotados de una cultura política más light, propia de la herencia cultual neoliberal o del formato democrático de lo “publico”, en  términos de Bernar Manin.

Esto se verá reflejado en la derrota electoral del propio Néstor Kirchner en un bastión  del peronismo, como es la provincia de Buenos Aires. El triunfo se alza  en manos de un candidato timorato como Francisco de Narvaez quien constituye  su campo electoral en torno a problemas que tiene “la gente”, sobredimensionados por los medios de comunicación antes que en proyectos ideologizados o relatos ideologizados de país.

No obstante el kirchnerismo, esquivando toda sugerencia conservadora de aggiornarse  para encajar en esta “democracia de audiencias inestable”, prefiere abandonar todo posibilismo. Entonces, dotado de un espíritu audaz y transgresor profundiza el camino progresista o izquierdista con medidas tales como  asignación universal, por hijo, ley de medios,  estatización AFJP  y Aerolíneas.

El kirchnerismo busca plasmar una cultura política donde, a contramano de la cultura dominante  de esta época posmoderna,  las ideas primen sobre las fugases imágenes, los programas sobre el marketing y la militancia colectiva predomine sobre el electorado fugaz y golondrina.

El kirchnerismo, como cultura política,  implica un repolitización y reideologización de sectores significativos de la sociedad especialmente en sus segmentos más jóvenes. No obstante ha resultado insuficiente.

Paradójicamente de cara a las elecciones  del 2015, los candidatos con mejores intención de votos son los que modulan una intensidad ideológica más moderada tales como Massa, Insaurralde,   el mismo Scioli al interior del Frente por la Victoria, más propia de la democracia pública o noventista.

Como los define el politólogo José Natanson, director del Lemonde Diplomatique, son políticos commodity. “Maestros en el arte de eludir definiciones fuertes, los políticos-commodity pueden, como Scioli, visitar el stand de Clarín el sábado y homenajear a Zaffaroni el miércoles, prometen, como Massa, cambiar lo malo dejando lo bueno, o directamente dudan entre jugar de un lado o del otro, como Insaurralde. Si los drones difuminan la línea que separa la guerra de la paz, ellos sobrevuelan con asombrosa agilidad la frontera entre gobierno y oposición que el kirchnerismo tanto se esfuerza en subrayar”.



Así, el coctel formado con la preeminencia, en las encuestas de opinión, de candidatos  “indefinidos” de cara a las elecciones presidenciales 2015, con  poderes mediáticos agudizando una campaña deslegitimadora del elenco kirchnerista gobernante, con la configuración de los conocidos “climas destituyentes”, la continuidad de la cultura k con un candidato del “palo” parece una empresa complicada.

El kirchnerismo se halla ante un dilema de difícil resolución. Si decide presentarse con un candidato moderado como Daniel Scioli, corre el riesgo de perder identidad y auto-limitarse en las transformaciones políticas culturales y sociales, al tiempo que no tiene garantizado el triunfo electoral. Si decide presentarse con un candidato propio, puede llevar a un cisma con parte del peronismo tradicional y conservador que apoya a Scioli, espantar al electorado “indeciso” hacia fórmulas o candidatos aparentemente “suaves” -que prometen continuar con lo bueno, pero evitar lo malo- y finalmente salir derrotado.

Para entender este dilema tal vez no sea descabellado apelar  a un viejo debate entre Juan Domingo Perón y su delegado John William Cooke, en Argentina durante la proscripción del peronismo en los ‘60. Cooke le demandaba a Perón la configuración de un peronismo compacto en términos ideológicos, nutrido de los cuadros más combativos, depurando del mismo a los elementos oportunistas, acomodaticios, adulones, burócratas  para evitar que el peronismo continuara siendo “un gigante invertebrado” y se consolidara como “el hecho maldito del país burgués”.  A lo que Perón le responde desde Madrid, “si voy sólo con los buenos, llego con muy pocos”.

Más allá de esta respuesta cargado de posibilismo del propio líder histórico del peronismo, la experiencia reciente indica que en  estos años   han sido  en los momentos débiles   donde el  kirchnerismo   dobla la apuesta y  muestra su carga más transgresora. Tal vez esta no sea la excepción.

Biografía Consultada

-Natanson Jose ,“Chocolate laxante” 1 de febrero, 2015, Pagina /12.

-Delgado Garcia Daniel,  “Estado y Sociedad” , 1994, Norma, Flacso, Bs As.

-Pousadela Inés, “Que se vayan todos, enigmas de la representación política”. Claves para todos, enigmas de la representación política, Capital Intelectual, 2006

-Mocca Edgardo, “Clivajes y actores políticos en la Argentina Democrática”, Revista Debates, 2009.

-Galasso Norberto, “Los hombre que reescribieron  la historia”, Punto de Encuentro, 2010.

-Manin Bernad, “La Metamorfosis de la Representación” en M. Dos Santos, comp ¿Qué queda de la Representación Política?, CLACSO, Nueva Sociedad, 1991

-Held David, “Modelos de Democracia”, México,Alianza 1992.

-Quiroga Hugo, “La República Desolada”, Edhasa, 2010

-Quiroga Hugo y Tcach Cesar (comp), “Argentina 1976-2006. Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia”, Homo Sapiens, 2006.




domingo, 3 de agosto de 2014

BRICS, DEVALUACIÓN Y MERCADOS FINANCIEROS: DE IZQUIERDA A DERECHA



Ciertos sectores de izquierda o auto-referenciados de izquierda, intelectuales  sindicales y partidarios critican los acuerdos en infraestructura, energéticos y financieros llevados a cabo con China. Señalan que no habría  diferencia alguna con el imperialismo norteamericano, que imperio por imperio sería  lo mismo. Pero omiten identificar que la mayor importancia de los Brics, y de China en particular, puede modificar el tablero de la geopolítica internacional reemplazando  la hegemonía yanqui por  un escenario multipolar. En este sentido se ha explayado alguien del que no puede dudarse  pertenecer al universo izquierdista y que alguna experiencia en revoluciones tiene,  como es el comandante Fidel Castro, quien destacó la importancia de los Brics para intentar ponerle algún  limite a la hegemonía norteamericana, al tiempo que aplaudió los acuerdos alcanzados entre estos y América Latina.

En lo concerniente a una problemática más local o parroquiana, desde este espacio ideológico en asociación con todo el arco sindical, se promueve elevar el techo del impuesto a las ganancias que grava al 13% de los asalariados mejor pago del país.
Más allá de la justicia o no justicia del impuesto (tal vez sea más lo segundo que lo primero,  si se compara con  la moderada carga tributaria de sectores rentísticos en el país), en términos concretos, dichos asalariados como gran parte de los trabajadores formales en “blanco”,  han resultado en el periodo kirchnerista  beneficiados en la compra masiva de automóviles, electrónica, con lo cual, como es sabido, se agudiza un estilo de consumo y desarrollo internacionalizado acentuando la dependencia tecnológica y económica que generalmente se señala, no sin razón, desde estos mismos críticos al gobierno por izquierda.

Si se promueve la idea orientativa de un orden económico y político socialista que implique la soberanía popular y democrática en los principales resortes estratégicos de la economía local,  tal vez sea necesario alertar que el modo de consumo y el estilo de desarrollo que se puede avizorar si se busca cortar con la dependencia además de establecer una relación sustentable y armónica con el medio ambiente, va a ser bastante más austero que el vienen experimentando los trabajadores registrados que pagan impuestos a las ganancias en este periodo de capitalismo posneoliberal kichnerista.

Por otra parte, desde sectores de la derecha o voceros de la city o el establishment se señala la supuesta ausencia de un “clima de negocios”, o la falta de seguridad jurídica ante el desenvolvimiento de un gobierno de naturaleza conflictivo y crispado. Se sostiene que en  los primeros años pos-convertibilidad las inversiones regresaron tras la devaluación. Pero  con el transcurrir de los años, especialmente a partir de la presidencia de  Cristina Fernández y   producto de un desmanejo  deficitario del Estado, se acelera la fuga de capitales hacia la compra de divisas.

Este razonamiento que proviene del espectro conservador, omite señalar que los capitales arribaban cuando los salarios estaban pulverizados pero  ante el incremento gradual y constante de los ingresos  del sector popular durante el kirchnerismo -con la reapertura de las paritarias- la gran burguesía prefiere remitir sus extraordinarias ganancias a la compra de dólares.
Desde la perspectiva del gran capital, aumentos de salarios implican mayores costos si se hallan en algún sector productivo, y ante la alternativa de  colocar sus activos en la plaza financiera local prefieren atesorar en dólares en el exterior o en algún paraíso fiscal  por  temor a que una futura devaluación disminuya sus valores.

No pocos sectores populares y clases media ante los sucesivos aumentos salariales y ampliación del empleo registrado aceleran el consumo internacionalizado de bienes provistos por la armaduría de la industria automotriz y electrónica oligopolizada, demandando esta situación un incremento constante y sonante de divisas que  contribuye, conjuntamente con el pago de la deuda externa y la remisión de utilidades de los monopolios  extranjeros a sus casas matrices, a una sensible baja en las reservas del Banco Central.
Este proceso es  percibido por la  gran burguesía, que  agrava la restricción externa mediante  la fuga de sus capitales. Si a esto se le agrega la especulación de los liquidadores de granos por expectativas devaluatorias, demorando ventas o subfacturando exportaciones el combo de incertidumbre se completa.

Ante esta delicada situación el gobierno apela a frenar  la sangría mediante el control o la regulación en la compra de dólares (recordemos el denostado cepo cambiario) para evitar la temida devaluación de la moneda que disminuya los ingresos populares. Pero estos controles, además de generar un mercado negro de divisas (dólares blues) no logran evitar la crisis de balanza de pagos y de consumar la devaluación.

En Argentina, las devaluaciones han sido,  históricamente, parte de “programas de estabilización” -por no decir de ajuste- que profundizaban las efectos recesivos y distributivos de la devaluación mediante otras medidas (fuerte iliquidez, reducción del déficit fiscal, congelamiento de salarios y aumentos de la tasa real de interés), todas  cercanas a las recomendaciones de los organismos internacionales de crédito o más específicamente del FMI.

La devaluación de enero del presente año compartió con las del pasado los efectos negativos no sólo recesivos y redistributivos en beneficio del  sector exportador,  sino también inflacionarios en los primeros meses aunque  trajo aparejado efectos  positivos como cierto alivio en la balanza de pagos y el sostenimiento de las reservas internacionales.
Sin embargo, aunque esta vez  el gobierno apela a algunos instrumentos típicos del recetario ortodoxo como la suba de la tasa de interés para desincentivar la compra de divisas y moderar la liquidez monetaria o la reducción de subsidios a las tarifas públicas,  por otra parte evita las medidas típicas de “austeridad” y recortes neoliberales con aumentos y ampliaciones en las asignaciones sociales, jubilaciones e incrementos salariales significativos en tren de recuperar poder de compra del sector popular.

Esto beneficia o al menos intenta evitar que la devaluación de enero golpeé de lleno a las clases populares al tiempo que mantenga cierta dinámica en el consumo que permita conservar la actividad de las fracciones más débiles de la burguesía urbana que “viven” del mercado interno.

Igualmente este accionar del gobierno  resulta provisorio y de emergencia  para “pasar el mal trago” o morigerar lo mejor posible los efectos perniciosos de la crisis del sector externo. Pero si se piensa  que  gobierno aspira a relanzar el ciclo de crecimiento que evite las suspensiones laborales o la incertidumbre laboral que genera la recesión en ciertos sectores de la economía y renueve la demanda y las inversiones, necesita alejar el fantasma de la restricción externa mediante el incremento de las reservas en el Banco Central.

Esto implicaría agudizar la audacia por parte de la actual administración apelando a estrategias que sustenten  nacionalizaciones y estatizaciones en el comercio exterior y el sistema financiero, como pregonan y comparten huestes ideologizadas que conviven en el interior del  kirchnerismo o de izquierdas opositoras, que permitan controlar el excedente económico mediante la liquidación segura  de divisas y “evitar la fuga”. Sin embargo, aparentemente el gobierno ha desechado esta alternativa radicalizada, tal vez por considerarla inviable y anacrónica en términos de gobernabilidad a estas alturas de un capitalismo ultra-globalizado.

En un capitalismo local profundamente oligopolizado e internacionalizado se ha preferido intentar normalizar las relaciones con la comunidad financiera  para poder acceder al flujo de los dólares frescos que permitan relanzar el ciclo de consumo y crecimiento (y lograr de este modo un techo más alto de la balanza de pagos); de allí la maratón de acuerdos finalmente  alcanzados con el Ciadi, Repsol, Chevron, el Club de París, que ha tenido como dato no menor en términos de soberanía, la ausencia del Fondo Monetario Internacional con sus conocidas recetas.


Esta estrategia gubernamental de acercamiento y conciliación  a los mercados financieros de crédito, tras las renegociaciones y reestructuraciones de deuda con “quitas” históricas durante el gobierno de Néstor Kirchner,  parecía encaminarse pero se topa con un fuerte obstáculo a partir el conflicto desatado con los denominados fondos buitres (y sus representante legal  norteamericano el juez Griesa) quienes,  a diferencia del 92% de los acreedores, exigen la totalidad del pago. El gobierno, en esta tensión con los buitres, vuelve a mostrar su mejor versión en defensa de los intereses soberanos del país, pero se traga el costo de aletargar los ingresos de divisas suficientes que permitan una salida veloz de la recesión.   

jueves, 8 de mayo de 2014

TENSIONES ENTRE LIBERALISMO Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA


El liberalismo, durante el siglo XVII como doctrina política y social nace progresista. Cuando al configurar el Estado de Derecho, John Locke -el padre de esta cosmovisión ideológica- busca  proteger los derechos, libertades y garantías individuales frente a las arbitrariedades provenientes de las monarquías absolutas medievales o pre-modernas.

La ingeniería institucional del liberalismo, de modo gradual y con el transcurrir de las décadas, se irá sofisticando con la implementación de la denominada  división de poderes estudiada y sostenida  por el Barón Montesquieu de Francia durante el siglo XVIII y la consagración de  aquellas libertades positivas para el ejercicio ciudadano como las de expresión, prensa, de asociación sugeridas por los utilitaristas ingleses Jeremias Bentham y  James Mill en siglo XIX. Todos  mecanismos constitucionales  que buscan  evitar la concentración de poder que pudiera violar los derechos  y garantías individuales, al mismo tiempo que procuran   un mejor control de los actos de gobierno de los representantes por parte de los  gobernados (Held David).

Esta ingeniería institucional liberal va a resultar ninguneada por las tradiciones de izquierda, acusándola  con el tradicional eufemismo de “burgués” puesto que asentada en una economía capitalista -entre las garantías y derechos individuales- la protección de  propiedad privada de los medios de producción adquiere una  relevancia medular (Katz Claudio).

Este diagnóstico peyorativo de las izquierdas euro-céntricas   y también asumidas por tradiciones nacionales-populares e izquierdas nacionalistas antimperialistas, en las décadas del  ‘40  al ’70,  en la periferia estuvo anclado en percepciones reales y consistentes en el contexto histórico.
Ese liberalismo que había nacido dotado de un espíritu progresistas en la historia, ese liberalismo que confería influencias anti-conservadoras  a las revoluciones dieciochescas, como las norteamericanas y francesas, mutaba en los siglos XIX y XX en  conservador y reaccionario frente al avance de la nueva clase subalterna: el proletariado.

Aquellos mecanismos constitucionales liberales que servían, en sus pasos inaugurales, para limitar el poder de los “reyes” y “nobles” se orientaron, con el transcurrir del tiempo, en un armazón destinado  a impedir, a obstaculizar o  a filtrar los intereses redistributivos o los sueños socializantes más radicales del nuevo sujeto (Boron Atilio).

A decir verdad, este espíritu conservador de la democracia liberal ya había sido anticipado por  un exponente central de la tradición liberal-norteamericana, Madison. Este autor, junto a Jay y Hamilton en el Federalista,  señalaba que el máximo peligro para las nuevas democracias lo configuraba la denominada “tiranía de la mayoría”, de allí la importancia de mecanismos institucionales como: la representación fiduciaria, el equilibrio de poderes y el sistema de frenos y contrapesos ante los idearios antifederalistas de democracia directa o cuasi-directa en clave rousseuniana. Estos proponían una relación más cercana entre representante (convertido en mero delegado)  y el pueblo, mandato imperativo mediante, y posibilidad de  rápida revocatoria de aquel en caso de traicionar a las   “bases” ( Gargarella Roberto).

Con la ampliación del  sufragio y la creciente concientización marxista entre fines del XIX y principios del XX con orientaciones reformistas o revolucionarias de los sectores proletarios en el avance de la modernidad, el temor de la burguesía ya no radica en la viejas monarquías sino en la “tiranía de la mayoría” proletaria. Temor que  conduce a generar y cristalizar fenómenos sociales y políticos dotados de una naturaleza monstruosa ultra-reaccionaria en la Europa civilizada durante  las primeras décadas del siglo pasado como el fascismo italiano y el nazismo alemán .
 Esas repugnantes experiencias demuestran que, cuando  las clases dominantes sienten cercana las amenazas a sus medios de producción privado olvidan la veneración, el respeto y la sacralización de  instituciones republicana-liberales.

En América latina las oligarquías, en la misma sintonía que sus primos europeos,  se sumaron al doble estándar. Mutando en dictaduras militares, tiran al tacho de la historia las instituciones democráticas si perciben que las mismas se transforman en amenazas distributivas  para sus propiedades. Igualmente, a diferencia de sus pares europeos, estos paladines defensores seudomoralistas del orden republicano  y sus voceros mediáticos, no tienen puritos para proseguir con sus retóricas y simbologías  liberales- republicanas en plenas experiencias castrenses. Todos o la mayoría de los golpes de estado se consuman con la justificación de defender y proteger la constitución y la república frente al cáncer populista o comunista (Forster  Ricardo).

Si experiencias democráticas redistributivas o con  pretensiones reparadoras en el plano social  generan reacciones autoritarias en los sectores poseedores, a mediados del siglo XX en la región, -lease peronismo, varguismo- el efervescente clima emancipador radicalizado de los ‘70 es percibido como de una naturaleza catastrófica para sus  intereses privados.
De modo directamente proporcional, si la percepción de amenaza de la propiedad privada se sobredimensiona,  mayor es la magnitud reaccionaria de las elites, agudizando su espíritu represivo mediante  formas inauditas de terror y  crueldad. Las burguesías vernáculas no son permeables a ningún límite ético en accionar represivo ante experiencias de orientación socializantes. Los regímenes militares que las expresan van hasta el tuétano mediante el uso ilegal del aparato represivo estatal y para-estatal  para extirpar el “cáncer” subversivo que invade un cuerpo social enfermo (O`Donnell Guillermo).




Igualmente, es sabido, la inutilidad y el desgobierno de los regímenes autoritarios  en el plano económico van a permitir el regreso de la democracia en los ‘80.
El regreso de la democracia, especialmente en la denominada “transición” ochentista, está vinculado a la tradición   democrático-liberal o demoliberal (Chantal Mouffe).  En esta noción de democracia  prevalecen  los elementos constitucionales. Se hace hincapié en la consolidación y el funcionamiento de los elementos formales, tales  como  el equilibrio de poderes, el sistema de frenos y contrapesos y el respeto por las garantías y derechos constitucionales. Estos mecanismos resultan fundamentales parar garantizar y consolidar el respeto de los derechos y libertades individuales tras la violación fragante de los mismos durante las dictaduras  que asolaron  la región durante la década del ‘70.

El problema de este regreso de la democracia es que, especialmente en los ‘90, se mezcla en simultaneo con el advenimiento de la hegemonía neoconservadora donde predominan las relaciones del mercado, ámbito  que contribuye a la apatía y la pasividad ciudadana y  a un predominio de la preocupación por lo privado en desmedro de los problemas públicos ( Sader, Emir).  Se  consolida una concepción  procedimental, schumpetereana del sistema democrático, vinculada a meros mecanismos de elección y selección de las elites,  donde prevalece la influencia de colosales   corporaciones económicas y mediáticas en un clima de creciente desafección de la sociedad hacia la política. Se trata de una democracia formal donde predominan los elementos constitucionales de representación y ciudadanía política y civil, pero alejada de pretensiones transformadoras sustanciales o igualitarias (Delgado García, Daniel). Democracias que  conviven con crecientes aumentos de pobreza y desigualdad   provocados por un neoliberalismo desnacionalizador, desestatizador. Democracias huecas que   diluyen  las soberanías estatales frente a las imperantes coordenadas financieras, comerciales y digitales volátiles de un “mundo globalizado”.

Sin embargo, en paralelo a una hegemonía conservadora, individualizante, apática y excluyente comenzaron a producirse procesos de re-ideologización y re-politización en movimientos sociales víctimas de la exclusión económica del denominado Consenso de Washington.
Los estallidos urbanos en la crisis argentina del 2001, las revueltas indígenas en el antiplano boliviano en defensa de sus recursos naturales, las rebeliones campesinas del Ecuador y el caracazo en Venezuela abrieron grieteas en la hegemonía neoliberal para que, vía procesos electorales, las luchas sociales rearticularan en niveles institucionales con la aparición de gobiernos nacionales y populares o neo-populistas de izquierda (  Follari  Roberto).

Gobiernos que si bien se  anclan en economías capitalistas periféricas tecnológicamente dependientes con alta vulnerabilidad externa, buscan espacios de autonomía estatal- popular, mediante nacionalizaciones y estatizaciones significativas, frente a las clases dominantes y  oligarquías locales e internacionales acostumbradas a mandar, y orientaciones  integracionistas  latinoamericanistas en la geopolítica exterior frente a las pretensiones hegemónicas   del norte. 

Ciertas  izquierdas vernáculas ortodoxas  o “estrictas” visualizan en las nuevas gestiones progresistas experiencias meramente neo-desarrollistas farsantes de una autentica y genuina  vocación izquierdista (Castillo Cristian).
Pero no son  poca cosa si pensamos que las aspiraciones populares y los idearios de las izquierdas se habían derrumbado a finales del siglo XX, en un contexto mundial signado por el derrumbe del “socialismo real” soviético y la hegemonía conservadora-neoliberal reinante que se llevaron puesta las conquistas sociales de las clases proletarias.

Por derecha, las elites dominantes, económicas y mediáticas y porciones de clases medias por ellas hegemonizadas perciben en éstas experiencias populares verdaderos peligros para las democracias de la región. Bombardean, desde las usinas mediáticas, alegando que los populismos implican experiencias nefastas para el orden republicano y para  las libertades y garantías constitucionales. No asumieron la misma repulsión, otrora,  frente  dictaduras militares que arrasaron con  cuanta garantía y derecho individual se les presentaba. Tal vez porque quedaban a salvo, protegidos, exceptuados la integridad del derecho a propiedad  y demás libertades de esos mismos sectores concentrados, mientras se violaban y suprimían la de sectores subalternos.

Visto esto,  a los poderes concentrados y patronales, más que el respeto canónico de las instituciones les horroriza, les causa exasperación la ampliación de ciudadanía y repolitización de vastos sectores de la población, que producen, generan estos “neopopulismos”.
Las elites, acostumbradas a formatos procedimentales y vacíos de democracia, se hallan aterrorizadas frente a gobiernos crispados que “dividen” a la sociedad. Les incomoda, horroriza el conflicto. Desean el consenso de una ciudadanía desideologizada  y desmovilizada que seleccione  los líderes de tanto en tanto y se vuelvan su cotidianeidad individualizada.

Las agendas democratizadoras de los gobiernos progresistas como las reformas en los poderes judiciales, la democratización del universo mediático o los intentos de captura estatal de rentas extraordinarias son presentadas como peligros, amenazas fragantes para los derechos individuales decimonónicos. Pero estos gobiernos neo-populistas, a diferencia de sus primos originales del siglo pasado, son respetuosos de las garantías y libertades civiles. Buscan rearticular los axiomas y elementos liberales propios del Estado de Derecho, visto otrora como  “burgués” por las viejas  izquierdas, otorgando no obstante, mayor vigor al componente democrático de las voluntades populares.

La democratización de la justicia, de sectores de la economía y de los campos audiovisuales implica tensiones entre la tradición democrática liberal y la tradición democrática popular o rouseauneana (Chantal Mouffe).
Estas nuevas izquierdas han descartado las fórmulas vanguardistas o “dictaduras del proletariado” por sus elementos autoritarios o elitistas de las izquierdas ortodoxas  (Bruschtein, Luis), pero han rescatado el espíritu democratizador al estilo “del viejo rousseau”, de una ciudadanía virtuosa, comprometida y participativa complementando los moldes institucionales típicos de la tradición  liberal.

Tras  las tenebrosas dictaduras que recorrieron Latinoamérica en los ’70, las nuevas izquierdas democráticas en la región rescatan o resignifican el sentido universal la ciudadanía civil y política como amalgama  protectora de  las democracias de la región, visto los intentos desestabilizadores que sufren las mismas desde los sectores reaccionarios de siempre.

Bibliografía consultada



- Bruschtein Luis, Golpe Blando, Pagina /12 15 de marzo del 2014.

-O`donnell Guillermo, Modernización y Autoritarismo, Bs As, Paidos, 1986.

-Katz Claudio, Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Bs As Luxemburg, 2008.

-Castillo Christian, La izquierda frente a la argentina kirchnerista, Bs As, Planeta, 2011.

-Forster Ricardo, El laberinto de las voces argentina, Bs As, Puñaladas,2008.

-Delgado Garcia  Daniel 2001, “Estado y Sociedad, la nueva relación a partir del cambio estructural”, Norma

-Follari Roberto 2012 “ La alternativa Neo-populista en América Latina” Miño y Davila.

 -Chantal Mouffe, 2013 “Hay que latinoamericarizar Europa” Pagina 12  2/10/2014.

-Sader Emir 2009 “El Nuevo Topo”, Clacso, Siglo XXI.

-Basualdo Eduardo, "Sistema Político y Modelo de Acumulación, Tres ensayos sobre la argentina actual". Cara o Ceca, 2011

-Boron Atilio 2000 “Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo”.

-Boron Atilio "Estado, Capitalismo y democracia en América Latina", Clacso, 2003.
 
-Held David, Modelos de democracia, México, Alianza 1992.

-Gargarella, Roberto, “En nombre de la Constitución. El legado federalista dos siglos después”, en Atilio A. Borón (comp), La filosofía política moderna, CLACSO Eudeba, Buenos Aires, 2001





















lunes, 31 de marzo de 2014

DEMOCRACIA (UN BREVE REPASO).


Democracia de promesas iniciales auspiciantes igualadoras y democratizantes en tren de reparar heridas políticas, económicas y humanitarias de la noche atroz y terrorífica. De avances prometedores, el ejemplar juicio a la Junta y  trágicas capitulaciones como la ley de obediencia debida y punto final.

Democracia de  positivas intenciones inaugurales para el imaginario progresista, como renegociar deuda externa heredada de los años de plomo con quita, evitando ajustar al pueblo, reciclando políticas públicas redistributivas, para luego retractarse  ante condicionantes poderes fácticos internos y externos;  ante la espiralización de precios y una burguesía veloz y audaz en el  remarque  pero temeraria  al riesgo y la inversión. Democracia de golpes de mercados. De resignación.




Democracia que transcurre por traiciones a banderas, a consignas, a  pasados y simbologías nacionales-populares. Democracia de indultos oscurantistas, de relaciones carnales, de cariños sobreactuados, indignos a la élite financiera. De subordinación,  de fusión y enajenación del gobierno democrático a los poderes depredadores. De estabilidad ficticia donde las clases medias dichosas volcaban sus ensueños de  turismo internacional.
Democracia de hedonismo, de consumismo, de apatía y despolitización generalizada.Democracia de ciudadanía ambigua  y heterónoma que  destella   al compás de terrenos periodísticos resbaladizos, fugases, alarmistas con orientaciones lucrativas. Sin embargo, por contraste,  en el subsuelo  de una escena política patética y trivializada se originan y se asocian (democráticamente)  bombos destemplados, repiqueteo popular, en rutas obturadas por los “grasosos”,   los “irracionales”,  los indeseables, los excluidos.

Una Alianza inviable corona el  espectáculo folletinesco. Emproligar un neoliberalismo agusanado de corrupción y frívolo,  moralizar la política infame, limpiarla de sus zonas oscuras nos aseguraba,  afirmaban,  panaceas igualitarias. Promesas incumplidas de “honestismo” y agudización de síntomas recesivos de alarma del modelo especulativo, financiero y apropiador  agravados por decisiones erráticas de un gobierno que ejercía el deporte de una colosal ineptitud.   De  inutilidad, de ausencia de reflejos en la gestión cotidiana, pero de veloz  brutalidad reaccionaria  y asesina  en las resistencias de los desclasados en el ágora efervescente.

 Democracia en  “corralito” y “corralón” con el regreso del  super ministro, el primogénito. Democracia  de cacerolas  medias que transmutan  en metamorfosis contingentes sus espíritus conservadores bajo la consigna “piquete y cacerola  la lucha es una sola” y confirman aquella  hipótesis de la víscera más sensible del famoso general. Llevan como bandera la impugnación a la política pero el mercado permanece intocable en el imaginario mediero.

Inconciencia, ¿inocencia social?  atravesada por una racionalidad mediática que rechaza la política  en tanto el dominio económico permanece a trastienda intocable, in-corrupto, opaco en la invisibilidad.
Democracia  enferma de grave  crisis de representación. Cinco presidentes. Brutal devaluación, algarabía del capital. Del “veranito” de Duhalde y Lavagna .De Santillan y Kosteki .  Quizás el último reflujo, esfuerzo popular trascendente que obliga al llamado a comicios para cerrar la farsa política de sectores dominantes.

Democracia de chirolita, con prontuario en las hueste del menemato,  a impostura,  a falsedad,  a espuria apariencia, a descarda simulación, a retorica pragmática y oportunista  para sectores progres ¿Progres? De populismo, de demagogia, de naturaleza subversiva, de crispación, de violador serial de instituciones republicanas  para  dioses ancestrales.

Democracia oxigenada, revitalizada a partir del regreso de  tradiciones, de debates,  de identidades semi-clausuradas. Una democracia donde se vuelve hablar de igualdad, de distribución, del rol del estado, de capitalismo, de emancipación. Se prioriza la deuda social por sobre la deuda externa. Se limita la dominación del Norte y se acentúa la integración latinoamericana. Se van aliviando heridas que la democracia se debía con los procesos judiciales a la dictadura. Años de crecimiento y reparación social. No exentos de tensiones y graves conflictos con poderes concentrados.

El kirchnerismo, hoy un tanto machuco, implica en sus comienzos una amplificación  desde niveles estatales de la grieta, la rasgadura  de  la hegemonía cultural del neoliberalismo inaugurada y visibilizada por los movimientos sociales. Una rearticulación entre la horizontalidad  predominante en la sociedad civil y  la verticalidad del estado. Rearticulación necesaria para disputar poder con algún éxito en las grandes ligas. Y evitar los límites típicos del universo axiomático transformador siempre propenso a diluirse en la intrascendencia o  en alguna una entelequia conflictiva en el seno de la opinión pública sin posibilidad real, concreta de aplicación.

Democracia re- politizada, de militancia juvenil. De puja distributiva y de inflación. Quizás en estos 30 años (y meses) sea la primera vez que en forma decidida y continua  la democracia como gobierno del pueblo busca algún espacio de autonomía frente al imperio económico y mediático en un capitalismo dependiente con alta vulnerabilidad externa. Esto involucra  un equilibrio complejo, contradictorio, tenso, sutil entre la “ética de la responsabilidad”, de naturaleza conservadora  por su preocupación exclusiva de gobernabilidad,  y la “ética de las convicciones”,  que demanda apurar los procesos transformadores sin medir  las consecuencias perjudiciales y negativas en términos sociales.