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viernes, 8 de julio de 2016

DISTANCIAMIENTO DEL MOVIMIENTO EVITA. DIFERENCIAS SOBRE EL FUTURO DEL CAMPO "NACIONAL Y POPULAR"




La constelación Frente por la victoria-peronismo, tras la derrota presidencial, está sufriendo algunos desgranamientos por derecha y por izquierda.
  
Por derecha, senadores y diputados que responden a  gobernadores conservadores, intendentes del conurbano que necesitan una relación fluida con el poder central del PRO para lograr el financiamiento que haga sostenibles y gobernables sus distritos. El denominado peronismo “territorial”. Por izquierda  el reciente alejamiento del Movimiento Evita.

Este se constituyó en un movimiento social de base, antagónico al neoliberalismo durante los ‘90,  luego fue incorporado  a estructuras del Estado en provincia de Bs As en torno a la Secretaria de Agricultura Familiar durante el kirchnerismo en gestión,  y hoy se ven obligados negociar con la actual gobernadora Maria Eugenia Vidal para mantener a flote su armado social y político.

Quizás, ambos sectores, pejotismo y evitismo, solicitaban desde hace  tiempo, la "conduccion" de Cristina para tener un trato "racional" con el oficialismo que incluya  oposición y negociacion.

Sin embargo ese no ha sido el rol que la misma Cristina y el kirchnerismo puro que le  responden en el parlamento y sus organizaciones juveniles han querido asumir.

El kirchnerismo puro prefiere no arriesgarse a negociar las banderas y logros de estos 12 años en aras de un “peronismo unido”, cuyas facciones tienden hacer  “juegos propios” tras una derrota nacional y a tomar distancia de una Cristina demonizada por los medios de comunicación hegemónicos.

La intuición política del pejotismo y también el Movimiento Evita es que la postura “terca” de Cristina y “sectaria” de los kirchneristas puros que la siguen terminen llevando a la experiencia “nacional y popular” a un escenario testimonial y periférico en las próximas elecciones.

Están observando y previendo la posibilidad  de que el regreso del campo “nacional y popular” al gobierno sea más complejo que lo previsto por el kirchnerismo puro.

Temen que, con el regreso al endeudamiento y  alguna dosis de pragmatismo social (ampliación de la asignación por hijo, conservación y actualización de ingresos sociales), esta nueva derecha que, por primera vez en la historia argentina gana una elección sin proscripciones ni fraudes, conforme un nuevo bloque social difícil de derrotar en el corto plazo.

En este sentido la estrategia entonces pasaría por ir hacia un horizonte de reunificación de  las facciones peronistas partidarias y sindicalistas alrededor de un PJ normalizado que por diversos motivos se fueron alejando del kirchnerismo.

Asi desde otra correlación de fuerza (que incluye la autocrítica por la derrota presidencial),  se piensa, se podría enfrentar con algún éxito a la nueva derecha gobernante en futuros comicios.

En ese escenario, el kirchnerismo sería incorporado y convocado pero no como fuerza dominante sino como un actor más en la nueva coalición.

Desde el kirchnerismo puro no pueden ver sino traiciones desde esta postura porque debilitan el liderazgo de Cristina y ponen palos en la rueda a un regreso pronto del Proyecto.

Además, se citan casos de gestión provincial, como el de Alicia Kirchner en Santa Cruz o de administración de intendencias como  el de Jorge Capitanich   en Resistencia, Chaco    (este último proveniente de las filas pejotistas-duhaldistas en el pasado reciente) de oposición frontal al gobierno nacional macrista y de defensa cerrada al liderazgo de Cristina, aunque también necesiten de financiamiento para gobernar sus distritos.  



El kirchnerismo  confía en las multitudinarias “plazas del pueblo”, que convocan algunos de sus principales referentes, como demostración de fuerza de cara a la sociedad.
Se confía que, más temprano que tarde, ante las políticas de ajuste, devaluación, tarifazo del macrismo y el liderazgo convocante de Cristina la ciudadanía va tomar conciencia de las diferencias de ambos “modelos” y se va volcar nuevamente al Proyecto.

De preverse ese escenario optimista el PJ, diputados y senadores conservadores de provincias, intendentes del conurbano y el mismo Evita se les haría inevitable volver al redil dirigido por y desde  el Frente por la Victoria.

Una muestra cabal de esta postura intransigente se pudo observar de entrada, tras la derrota electoral, en declaraciones del mismísimo Maximo Kirhncher en plena negociación con los Buitres del gobierno central, cuando arengó algo asi como “el establichment quiere un peronismo domesticado, disciplinado, aggiornado a sus intereses, es lo que no queremos nosotros”.

Para dirigentes del “movimiento evita”  y también para el pejotismo, en la práctica política cotidiana y concreta, asumir una posición confrontativa estricta y cerrada al PRO vencedor constituye hoy una posición equivocada y sectaria de cara a la sociedad  y que termina siendo  funcional al status-quo y a la perdurabilidad en el tiempo de  esta nueva derecha en el gobierno nacional.

Desde el Evita se piensa que seguir con esta posición intransigente del kirchnerismo puro  se corre el peligro de transformar al peronismo en una fuerza irrelevante de cara a las elecciones que se avecinan.

Se trata en términos que lo solía plantear el expresidente radical Raul Alfonsin apelando al  clásico sociólogo alemán Max Weber del enfrentamiento entre dos éticas: “la ética de la responsabilidad” en la actitud de pejotismo y el Evita (mas allá de sus diferencias ideológicas-conservadora popular los primeros, izquierdistas-nacionalistas los segundos) que lidian en la gestión diaria con un gobierno central de otro signo político  y “la ética de las convicciones” del kirchnerismo puro que se niega a  bajar banderas e ideales que implique  debilitar derechos ciudadanos conquistados durante 12 años en aras de compartir una estrategia de poder con el resto del justicialismo que no les garantiza tampoco un regreso seguro y pronto al gobierno nacional.

El tiempo proveerá.

Mientras tanto, son  días, por estas diferencias de perspectivas sobre el futuro del campo “nacional y popular”  en el universo peronista, y la demonización y el desgaste que sufre el kirchnerismo por el caso López por parte de los medios hegemónicos, donde  quienes  sonríen son Mauricio y su principal asesor electoral Duran Barba de cara a los comicios legislativos del año que viene. 

domingo, 3 de agosto de 2014

BRICS, DEVALUACIÓN Y MERCADOS FINANCIEROS: DE IZQUIERDA A DERECHA



Ciertos sectores de izquierda o auto-referenciados de izquierda, intelectuales  sindicales y partidarios critican los acuerdos en infraestructura, energéticos y financieros llevados a cabo con China. Señalan que no habría  diferencia alguna con el imperialismo norteamericano, que imperio por imperio sería  lo mismo. Pero omiten identificar que la mayor importancia de los Brics, y de China en particular, puede modificar el tablero de la geopolítica internacional reemplazando  la hegemonía yanqui por  un escenario multipolar. En este sentido se ha explayado alguien del que no puede dudarse  pertenecer al universo izquierdista y que alguna experiencia en revoluciones tiene,  como es el comandante Fidel Castro, quien destacó la importancia de los Brics para intentar ponerle algún  limite a la hegemonía norteamericana, al tiempo que aplaudió los acuerdos alcanzados entre estos y América Latina.

En lo concerniente a una problemática más local o parroquiana, desde este espacio ideológico en asociación con todo el arco sindical, se promueve elevar el techo del impuesto a las ganancias que grava al 13% de los asalariados mejor pago del país.
Más allá de la justicia o no justicia del impuesto (tal vez sea más lo segundo que lo primero,  si se compara con  la moderada carga tributaria de sectores rentísticos en el país), en términos concretos, dichos asalariados como gran parte de los trabajadores formales en “blanco”,  han resultado en el periodo kirchnerista  beneficiados en la compra masiva de automóviles, electrónica, con lo cual, como es sabido, se agudiza un estilo de consumo y desarrollo internacionalizado acentuando la dependencia tecnológica y económica que generalmente se señala, no sin razón, desde estos mismos críticos al gobierno por izquierda.

Si se promueve la idea orientativa de un orden económico y político socialista que implique la soberanía popular y democrática en los principales resortes estratégicos de la economía local,  tal vez sea necesario alertar que el modo de consumo y el estilo de desarrollo que se puede avizorar si se busca cortar con la dependencia además de establecer una relación sustentable y armónica con el medio ambiente, va a ser bastante más austero que el vienen experimentando los trabajadores registrados que pagan impuestos a las ganancias en este periodo de capitalismo posneoliberal kichnerista.

Por otra parte, desde sectores de la derecha o voceros de la city o el establishment se señala la supuesta ausencia de un “clima de negocios”, o la falta de seguridad jurídica ante el desenvolvimiento de un gobierno de naturaleza conflictivo y crispado. Se sostiene que en  los primeros años pos-convertibilidad las inversiones regresaron tras la devaluación. Pero  con el transcurrir de los años, especialmente a partir de la presidencia de  Cristina Fernández y   producto de un desmanejo  deficitario del Estado, se acelera la fuga de capitales hacia la compra de divisas.

Este razonamiento que proviene del espectro conservador, omite señalar que los capitales arribaban cuando los salarios estaban pulverizados pero  ante el incremento gradual y constante de los ingresos  del sector popular durante el kirchnerismo -con la reapertura de las paritarias- la gran burguesía prefiere remitir sus extraordinarias ganancias a la compra de dólares.
Desde la perspectiva del gran capital, aumentos de salarios implican mayores costos si se hallan en algún sector productivo, y ante la alternativa de  colocar sus activos en la plaza financiera local prefieren atesorar en dólares en el exterior o en algún paraíso fiscal  por  temor a que una futura devaluación disminuya sus valores.

No pocos sectores populares y clases media ante los sucesivos aumentos salariales y ampliación del empleo registrado aceleran el consumo internacionalizado de bienes provistos por la armaduría de la industria automotriz y electrónica oligopolizada, demandando esta situación un incremento constante y sonante de divisas que  contribuye, conjuntamente con el pago de la deuda externa y la remisión de utilidades de los monopolios  extranjeros a sus casas matrices, a una sensible baja en las reservas del Banco Central.
Este proceso es  percibido por la  gran burguesía, que  agrava la restricción externa mediante  la fuga de sus capitales. Si a esto se le agrega la especulación de los liquidadores de granos por expectativas devaluatorias, demorando ventas o subfacturando exportaciones el combo de incertidumbre se completa.

Ante esta delicada situación el gobierno apela a frenar  la sangría mediante el control o la regulación en la compra de dólares (recordemos el denostado cepo cambiario) para evitar la temida devaluación de la moneda que disminuya los ingresos populares. Pero estos controles, además de generar un mercado negro de divisas (dólares blues) no logran evitar la crisis de balanza de pagos y de consumar la devaluación.

En Argentina, las devaluaciones han sido,  históricamente, parte de “programas de estabilización” -por no decir de ajuste- que profundizaban las efectos recesivos y distributivos de la devaluación mediante otras medidas (fuerte iliquidez, reducción del déficit fiscal, congelamiento de salarios y aumentos de la tasa real de interés), todas  cercanas a las recomendaciones de los organismos internacionales de crédito o más específicamente del FMI.

La devaluación de enero del presente año compartió con las del pasado los efectos negativos no sólo recesivos y redistributivos en beneficio del  sector exportador,  sino también inflacionarios en los primeros meses aunque  trajo aparejado efectos  positivos como cierto alivio en la balanza de pagos y el sostenimiento de las reservas internacionales.
Sin embargo, aunque esta vez  el gobierno apela a algunos instrumentos típicos del recetario ortodoxo como la suba de la tasa de interés para desincentivar la compra de divisas y moderar la liquidez monetaria o la reducción de subsidios a las tarifas públicas,  por otra parte evita las medidas típicas de “austeridad” y recortes neoliberales con aumentos y ampliaciones en las asignaciones sociales, jubilaciones e incrementos salariales significativos en tren de recuperar poder de compra del sector popular.

Esto beneficia o al menos intenta evitar que la devaluación de enero golpeé de lleno a las clases populares al tiempo que mantenga cierta dinámica en el consumo que permita conservar la actividad de las fracciones más débiles de la burguesía urbana que “viven” del mercado interno.

Igualmente este accionar del gobierno  resulta provisorio y de emergencia  para “pasar el mal trago” o morigerar lo mejor posible los efectos perniciosos de la crisis del sector externo. Pero si se piensa  que  gobierno aspira a relanzar el ciclo de crecimiento que evite las suspensiones laborales o la incertidumbre laboral que genera la recesión en ciertos sectores de la economía y renueve la demanda y las inversiones, necesita alejar el fantasma de la restricción externa mediante el incremento de las reservas en el Banco Central.

Esto implicaría agudizar la audacia por parte de la actual administración apelando a estrategias que sustenten  nacionalizaciones y estatizaciones en el comercio exterior y el sistema financiero, como pregonan y comparten huestes ideologizadas que conviven en el interior del  kirchnerismo o de izquierdas opositoras, que permitan controlar el excedente económico mediante la liquidación segura  de divisas y “evitar la fuga”. Sin embargo, aparentemente el gobierno ha desechado esta alternativa radicalizada, tal vez por considerarla inviable y anacrónica en términos de gobernabilidad a estas alturas de un capitalismo ultra-globalizado.

En un capitalismo local profundamente oligopolizado e internacionalizado se ha preferido intentar normalizar las relaciones con la comunidad financiera  para poder acceder al flujo de los dólares frescos que permitan relanzar el ciclo de consumo y crecimiento (y lograr de este modo un techo más alto de la balanza de pagos); de allí la maratón de acuerdos finalmente  alcanzados con el Ciadi, Repsol, Chevron, el Club de París, que ha tenido como dato no menor en términos de soberanía, la ausencia del Fondo Monetario Internacional con sus conocidas recetas.


Esta estrategia gubernamental de acercamiento y conciliación  a los mercados financieros de crédito, tras las renegociaciones y reestructuraciones de deuda con “quitas” históricas durante el gobierno de Néstor Kirchner,  parecía encaminarse pero se topa con un fuerte obstáculo a partir el conflicto desatado con los denominados fondos buitres (y sus representante legal  norteamericano el juez Griesa) quienes,  a diferencia del 92% de los acreedores, exigen la totalidad del pago. El gobierno, en esta tensión con los buitres, vuelve a mostrar su mejor versión en defensa de los intereses soberanos del país, pero se traga el costo de aletargar los ingresos de divisas suficientes que permitan una salida veloz de la recesión.   

jueves, 8 de mayo de 2014

TENSIONES ENTRE LIBERALISMO Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA


El liberalismo, durante el siglo XVII como doctrina política y social nace progresista. Cuando al configurar el Estado de Derecho, John Locke -el padre de esta cosmovisión ideológica- busca  proteger los derechos, libertades y garantías individuales frente a las arbitrariedades provenientes de las monarquías absolutas medievales o pre-modernas.

La ingeniería institucional del liberalismo, de modo gradual y con el transcurrir de las décadas, se irá sofisticando con la implementación de la denominada  división de poderes estudiada y sostenida  por el Barón Montesquieu de Francia durante el siglo XVIII y la consagración de  aquellas libertades positivas para el ejercicio ciudadano como las de expresión, prensa, de asociación sugeridas por los utilitaristas ingleses Jeremias Bentham y  James Mill en siglo XIX. Todos  mecanismos constitucionales  que buscan  evitar la concentración de poder que pudiera violar los derechos  y garantías individuales, al mismo tiempo que procuran   un mejor control de los actos de gobierno de los representantes por parte de los  gobernados (Held David).

Esta ingeniería institucional liberal va a resultar ninguneada por las tradiciones de izquierda, acusándola  con el tradicional eufemismo de “burgués” puesto que asentada en una economía capitalista -entre las garantías y derechos individuales- la protección de  propiedad privada de los medios de producción adquiere una  relevancia medular (Katz Claudio).

Este diagnóstico peyorativo de las izquierdas euro-céntricas   y también asumidas por tradiciones nacionales-populares e izquierdas nacionalistas antimperialistas, en las décadas del  ‘40  al ’70,  en la periferia estuvo anclado en percepciones reales y consistentes en el contexto histórico.
Ese liberalismo que había nacido dotado de un espíritu progresistas en la historia, ese liberalismo que confería influencias anti-conservadoras  a las revoluciones dieciochescas, como las norteamericanas y francesas, mutaba en los siglos XIX y XX en  conservador y reaccionario frente al avance de la nueva clase subalterna: el proletariado.

Aquellos mecanismos constitucionales liberales que servían, en sus pasos inaugurales, para limitar el poder de los “reyes” y “nobles” se orientaron, con el transcurrir del tiempo, en un armazón destinado  a impedir, a obstaculizar o  a filtrar los intereses redistributivos o los sueños socializantes más radicales del nuevo sujeto (Boron Atilio).

A decir verdad, este espíritu conservador de la democracia liberal ya había sido anticipado por  un exponente central de la tradición liberal-norteamericana, Madison. Este autor, junto a Jay y Hamilton en el Federalista,  señalaba que el máximo peligro para las nuevas democracias lo configuraba la denominada “tiranía de la mayoría”, de allí la importancia de mecanismos institucionales como: la representación fiduciaria, el equilibrio de poderes y el sistema de frenos y contrapesos ante los idearios antifederalistas de democracia directa o cuasi-directa en clave rousseuniana. Estos proponían una relación más cercana entre representante (convertido en mero delegado)  y el pueblo, mandato imperativo mediante, y posibilidad de  rápida revocatoria de aquel en caso de traicionar a las   “bases” ( Gargarella Roberto).

Con la ampliación del  sufragio y la creciente concientización marxista entre fines del XIX y principios del XX con orientaciones reformistas o revolucionarias de los sectores proletarios en el avance de la modernidad, el temor de la burguesía ya no radica en la viejas monarquías sino en la “tiranía de la mayoría” proletaria. Temor que  conduce a generar y cristalizar fenómenos sociales y políticos dotados de una naturaleza monstruosa ultra-reaccionaria en la Europa civilizada durante  las primeras décadas del siglo pasado como el fascismo italiano y el nazismo alemán .
 Esas repugnantes experiencias demuestran que, cuando  las clases dominantes sienten cercana las amenazas a sus medios de producción privado olvidan la veneración, el respeto y la sacralización de  instituciones republicana-liberales.

En América latina las oligarquías, en la misma sintonía que sus primos europeos,  se sumaron al doble estándar. Mutando en dictaduras militares, tiran al tacho de la historia las instituciones democráticas si perciben que las mismas se transforman en amenazas distributivas  para sus propiedades. Igualmente, a diferencia de sus pares europeos, estos paladines defensores seudomoralistas del orden republicano  y sus voceros mediáticos, no tienen puritos para proseguir con sus retóricas y simbologías  liberales- republicanas en plenas experiencias castrenses. Todos o la mayoría de los golpes de estado se consuman con la justificación de defender y proteger la constitución y la república frente al cáncer populista o comunista (Forster  Ricardo).

Si experiencias democráticas redistributivas o con  pretensiones reparadoras en el plano social  generan reacciones autoritarias en los sectores poseedores, a mediados del siglo XX en la región, -lease peronismo, varguismo- el efervescente clima emancipador radicalizado de los ‘70 es percibido como de una naturaleza catastrófica para sus  intereses privados.
De modo directamente proporcional, si la percepción de amenaza de la propiedad privada se sobredimensiona,  mayor es la magnitud reaccionaria de las elites, agudizando su espíritu represivo mediante  formas inauditas de terror y  crueldad. Las burguesías vernáculas no son permeables a ningún límite ético en accionar represivo ante experiencias de orientación socializantes. Los regímenes militares que las expresan van hasta el tuétano mediante el uso ilegal del aparato represivo estatal y para-estatal  para extirpar el “cáncer” subversivo que invade un cuerpo social enfermo (O`Donnell Guillermo).




Igualmente, es sabido, la inutilidad y el desgobierno de los regímenes autoritarios  en el plano económico van a permitir el regreso de la democracia en los ‘80.
El regreso de la democracia, especialmente en la denominada “transición” ochentista, está vinculado a la tradición   democrático-liberal o demoliberal (Chantal Mouffe).  En esta noción de democracia  prevalecen  los elementos constitucionales. Se hace hincapié en la consolidación y el funcionamiento de los elementos formales, tales  como  el equilibrio de poderes, el sistema de frenos y contrapesos y el respeto por las garantías y derechos constitucionales. Estos mecanismos resultan fundamentales parar garantizar y consolidar el respeto de los derechos y libertades individuales tras la violación fragante de los mismos durante las dictaduras  que asolaron  la región durante la década del ‘70.

El problema de este regreso de la democracia es que, especialmente en los ‘90, se mezcla en simultaneo con el advenimiento de la hegemonía neoconservadora donde predominan las relaciones del mercado, ámbito  que contribuye a la apatía y la pasividad ciudadana y  a un predominio de la preocupación por lo privado en desmedro de los problemas públicos ( Sader, Emir).  Se  consolida una concepción  procedimental, schumpetereana del sistema democrático, vinculada a meros mecanismos de elección y selección de las elites,  donde prevalece la influencia de colosales   corporaciones económicas y mediáticas en un clima de creciente desafección de la sociedad hacia la política. Se trata de una democracia formal donde predominan los elementos constitucionales de representación y ciudadanía política y civil, pero alejada de pretensiones transformadoras sustanciales o igualitarias (Delgado García, Daniel). Democracias que  conviven con crecientes aumentos de pobreza y desigualdad   provocados por un neoliberalismo desnacionalizador, desestatizador. Democracias huecas que   diluyen  las soberanías estatales frente a las imperantes coordenadas financieras, comerciales y digitales volátiles de un “mundo globalizado”.

Sin embargo, en paralelo a una hegemonía conservadora, individualizante, apática y excluyente comenzaron a producirse procesos de re-ideologización y re-politización en movimientos sociales víctimas de la exclusión económica del denominado Consenso de Washington.
Los estallidos urbanos en la crisis argentina del 2001, las revueltas indígenas en el antiplano boliviano en defensa de sus recursos naturales, las rebeliones campesinas del Ecuador y el caracazo en Venezuela abrieron grieteas en la hegemonía neoliberal para que, vía procesos electorales, las luchas sociales rearticularan en niveles institucionales con la aparición de gobiernos nacionales y populares o neo-populistas de izquierda (  Follari  Roberto).

Gobiernos que si bien se  anclan en economías capitalistas periféricas tecnológicamente dependientes con alta vulnerabilidad externa, buscan espacios de autonomía estatal- popular, mediante nacionalizaciones y estatizaciones significativas, frente a las clases dominantes y  oligarquías locales e internacionales acostumbradas a mandar, y orientaciones  integracionistas  latinoamericanistas en la geopolítica exterior frente a las pretensiones hegemónicas   del norte. 

Ciertas  izquierdas vernáculas ortodoxas  o “estrictas” visualizan en las nuevas gestiones progresistas experiencias meramente neo-desarrollistas farsantes de una autentica y genuina  vocación izquierdista (Castillo Cristian).
Pero no son  poca cosa si pensamos que las aspiraciones populares y los idearios de las izquierdas se habían derrumbado a finales del siglo XX, en un contexto mundial signado por el derrumbe del “socialismo real” soviético y la hegemonía conservadora-neoliberal reinante que se llevaron puesta las conquistas sociales de las clases proletarias.

Por derecha, las elites dominantes, económicas y mediáticas y porciones de clases medias por ellas hegemonizadas perciben en éstas experiencias populares verdaderos peligros para las democracias de la región. Bombardean, desde las usinas mediáticas, alegando que los populismos implican experiencias nefastas para el orden republicano y para  las libertades y garantías constitucionales. No asumieron la misma repulsión, otrora,  frente  dictaduras militares que arrasaron con  cuanta garantía y derecho individual se les presentaba. Tal vez porque quedaban a salvo, protegidos, exceptuados la integridad del derecho a propiedad  y demás libertades de esos mismos sectores concentrados, mientras se violaban y suprimían la de sectores subalternos.

Visto esto,  a los poderes concentrados y patronales, más que el respeto canónico de las instituciones les horroriza, les causa exasperación la ampliación de ciudadanía y repolitización de vastos sectores de la población, que producen, generan estos “neopopulismos”.
Las elites, acostumbradas a formatos procedimentales y vacíos de democracia, se hallan aterrorizadas frente a gobiernos crispados que “dividen” a la sociedad. Les incomoda, horroriza el conflicto. Desean el consenso de una ciudadanía desideologizada  y desmovilizada que seleccione  los líderes de tanto en tanto y se vuelvan su cotidianeidad individualizada.

Las agendas democratizadoras de los gobiernos progresistas como las reformas en los poderes judiciales, la democratización del universo mediático o los intentos de captura estatal de rentas extraordinarias son presentadas como peligros, amenazas fragantes para los derechos individuales decimonónicos. Pero estos gobiernos neo-populistas, a diferencia de sus primos originales del siglo pasado, son respetuosos de las garantías y libertades civiles. Buscan rearticular los axiomas y elementos liberales propios del Estado de Derecho, visto otrora como  “burgués” por las viejas  izquierdas, otorgando no obstante, mayor vigor al componente democrático de las voluntades populares.

La democratización de la justicia, de sectores de la economía y de los campos audiovisuales implica tensiones entre la tradición democrática liberal y la tradición democrática popular o rouseauneana (Chantal Mouffe).
Estas nuevas izquierdas han descartado las fórmulas vanguardistas o “dictaduras del proletariado” por sus elementos autoritarios o elitistas de las izquierdas ortodoxas  (Bruschtein, Luis), pero han rescatado el espíritu democratizador al estilo “del viejo rousseau”, de una ciudadanía virtuosa, comprometida y participativa complementando los moldes institucionales típicos de la tradición  liberal.

Tras  las tenebrosas dictaduras que recorrieron Latinoamérica en los ’70, las nuevas izquierdas democráticas en la región rescatan o resignifican el sentido universal la ciudadanía civil y política como amalgama  protectora de  las democracias de la región, visto los intentos desestabilizadores que sufren las mismas desde los sectores reaccionarios de siempre.

Bibliografía consultada



- Bruschtein Luis, Golpe Blando, Pagina /12 15 de marzo del 2014.

-O`donnell Guillermo, Modernización y Autoritarismo, Bs As, Paidos, 1986.

-Katz Claudio, Las disyuntivas de la izquierda en América Latina, Bs As Luxemburg, 2008.

-Castillo Christian, La izquierda frente a la argentina kirchnerista, Bs As, Planeta, 2011.

-Forster Ricardo, El laberinto de las voces argentina, Bs As, Puñaladas,2008.

-Delgado Garcia  Daniel 2001, “Estado y Sociedad, la nueva relación a partir del cambio estructural”, Norma

-Follari Roberto 2012 “ La alternativa Neo-populista en América Latina” Miño y Davila.

 -Chantal Mouffe, 2013 “Hay que latinoamericarizar Europa” Pagina 12  2/10/2014.

-Sader Emir 2009 “El Nuevo Topo”, Clacso, Siglo XXI.

-Basualdo Eduardo, "Sistema Político y Modelo de Acumulación, Tres ensayos sobre la argentina actual". Cara o Ceca, 2011

-Boron Atilio 2000 “Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo”.

-Boron Atilio "Estado, Capitalismo y democracia en América Latina", Clacso, 2003.
 
-Held David, Modelos de democracia, México, Alianza 1992.

-Gargarella, Roberto, “En nombre de la Constitución. El legado federalista dos siglos después”, en Atilio A. Borón (comp), La filosofía política moderna, CLACSO Eudeba, Buenos Aires, 2001





















viernes, 6 de diciembre de 2013

¡¿CONCESIONES?!: UNA RESPUESTA A LA "IZQUIERDA ESTRICTA” EN RELACION AL KIRCHNERISMO Y LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS DE AMERICA LATINA


Para cierta  izquierda estricta intelectual y académica, también orgánica y partidaria, el kirchnerismo   no constituiría  sino una especie de estratagema de las clases dominantes capitalistas para conservar su poder sobre las capas subalternas. El kirchnerimo, al igual que otros procesos progresistas  latinoamericanos, no  sería  más que puro gatopardismo parar conservar el statu quo.

Si invitamos a discutir la política en derechos humanos: “Concesiones”, contestan. Si señalamos el golpe al poder financiero  mediante la estatización a las AFJP: “Concesiones”. Autonomía del FMI y quita histórica de los intereses de la deuda externa: “Concesiones”. La búsqueda de integración latinoamericana: “Concesiones”.
Desde esta perspectiva, daría  la sensación que se viene de un momento revolucionario y ante la radicalidad de las masas la burguesía no tendría más remedio que actuar mediante concesiones,  “cediendo algo para no perderlo todo”.

Si bien es cierto que las rebeliones populares del 2001 fueron significativas e implicaron una grieta  profunda a la hegemonía neoliberal, las mismas, en su gran proporción, carecían de una visión radicalizada anticapitalista. Los piqueteros o los movimientos de desocupados, sujetos protagónicos de aquellos acontecimientos, no solicitaban de modo inminente la eliminación de la propiedad privada o la socialización de los medios de producción. No constituían un colectivo anti-sistema. Sino todo lo contrario, demandaban ser reintegrados a la sociedad de la que habían sido expulsados, exigiendo trabajo asalariado formal para salir de su habitad precarizado. Menos aún el agregado de ahorristas que bramaban porque habían incautado sus depósitos. No renegaban del mercado o la sociedad mercantil, sólo querían la devolución de sus pesos o sus dólares. Las efervescentes asambleas barriales de principios de 2000 con sus intentos de democracia directa fueron esquivas a los grupúsculos de izquierda que quisieron copar las paradas. 

Visto este cuadro de situación de las capas subalternas, por qué no pensar que a lo largo de la década el gobierno kirchnerista -marcando cierta distancia con las clases dominantes y en búsqueda de autonomía- hizo propio, como señala Pio López, demandas históricas de minorías activas. Puso esas demandas en el centro de la agenda pública, las generalizó como problema al resto de la sociedad. (Impensable, por  otra parte, de un gobierno que salía de la entrañas de un PJ burocratizado. Pesemos, ¿qué se podía pedir de un candidato de Duhalde?)

¿Salvo grupos minúsculos, quiénes solicitaban una ley de comunicación de la democracia, o la ley de matrimonio igualitario o la nacionalización de las AFJP ?. Medidas soberanas que se aplicaron, recordemos,  con el oficialismo derrumbado después de las legislativas 2009, cuando porciones mayoritarias de la sociedad le daban las espalda al gobierno  con el apoyo  al “campo” . Sin dudas, fueron momentos significativos del gobierno en términos ideológico. Alejado de toda especulación electoral  el kirchnerismo se ubicó,  hay que señalarlo, a la izquierda de su sociedad .Y obvio, a la izquierda de la burguesía.

Dicho esto, de igual modo, no es inverosímil el diagnóstico de la izquierda estricta cuando señala que el kirchnerismo se sostiene en un modelo sojero, dependiente y extranjerizado, pero tampoco  se puede negar que en esto años hubo un aumento importante de la producción industrial que generó millones de puestos de trabajo e incrementos significativos de los salarios, que  posibilitó, y no constituye un dato menor, duplicar la clase media,  si nos atenemos a datos de la Cepal y el Banco Mundial.

Tal vez para esta izquierda, en algún sentido profundo de su pensamiento teórico,  el restablecimiento de la sociedad  asalariada en nuestro país constituya una experiencia perniciosa. Y esto  debido a que  reeditaría, hilando fino en esta tradición ideológica,  la alienación de las clases trabajadoras a partir de la ubicación subordinada de las mismas a las burguesías dominantes en el proceso productivo capitalista y la consecuente reproducción de plusvalía, etc.

Desde nuestra parte se comparten, y hacemos nuestros, en esos “niveles finos” del pensamiento académico,  este diagnóstico crítico. Cómo no asumir como horizonte futuro una sociedad en la cual sus trabajadores se auto-realicen mediante modos creativos, no alienantes en sus actividades laborales y en sus estilos de vida. Sin embargo, aún orientados por perspectivas de mayor valor en búsqueda de escenarios emancipados, de autogestión laboral y autonomía vivencial no se debe perder de vista el escenario político, económico y cultural concreto. “Análisis concreto de la realidad concreta” (K. Marx).

Luego de años de incremento de la desocupación,  la marginalidad y  la precarización económica y social, la recuperación de la masa laboral y de los ingresos por parte del kirchnerismo constituyen un piso de dignidad para las capas subalternas,  que posibilita seguir avanzando en el terreno distributivo y en esos otros aspectos “más sutiles”, en la búsqueda de una sociedad auto-emancipada hacia el futuro.

El pasado reciente, como se sabe, no se caracterizó precisamente por la fortaleza de un sujeto histórico y por una trama social ideologizada portadora de una cultura política igualitaria. Todo lo contario, eran tiempos del “vacio” (Gilles Lipovesqui), líquidos (Zygmunt Bauman) -y aún lo son- atravesados por la mercadolatría y la banalidad. Tiempos englobados en la hegemonía neoliberal que convocaban  al “fin de la historia” (Francis Fukuyama) y a la reducción de la política a la mera gestión desprovista de conflictos perturbadores. Tiempos de derrotas del campo popular, de licuación de identidades colectivas, de imaginarios sociales atravesados por lógicas individualizadoras, contenidas en agendas comunicacionales volátiles y despolitizadas.

En un contexto reciente marcado por la implosión del denominado “socialismo real” a fines del siglo anterior, la crisis del marxismo, el reinado de un neoliberalismo excluyente y brutal, el debilitamiento de las soberanías estatales en manos de una globalización financiera especuladora e instantánea, capaz de socavar  legitimidades gubernamentales en cuestión de horas, de deudas externas propulsoras del ajustes permanentes. Si en esos años opacos y oscuros para perspectivas emancipadoras, con la inminente imposición del  ALCA como agudización de la dominación norteamericana en nuestra región, alguien hubiese pronosticado el giro “a la izquierda” en la primera década del siglo XXI en Latinoamérica, y que la palabra socialista sería rescatada y puesta en el tapete de la agenda pública  por algunos de estos gobiernos y que en Argentina, incluso, tendríamos una gestión con empatía y amistad con los mismos, le hubiesen diagnosticado al menos esquizofrenia leve.

La izquierda estricta contrataca argumentando que estos “neopopulismos”, dentro del cuales  se enrola el kirchnerismo, se habrían limitado a realizar transformaciones en el niveles “superestructurales”, como la ampliación de las capacidades estatales, la puja  distributiva con fracciones de la burguesía y el incremento del gasto social, pero en la “estructura” están sostenidos en economías tecnológicamente dependientes, extractivistas, transnacionalizadas basadas en la exportación de comodities en el mercado internacional.
Aún aceptado este razonamiento (aunque habría que discutir sino hubo cambios estructurales con nacionalizaciones ha escala, en las experiencias más radicalizadas),  en ese avance neo-populista en la “superestructura”  no es cosa menor si analizamos el pasado reciente oscuro en el plano político y económico  y la atmosfera cultural-comunicacional heredada que aún nos envuelve.

Por otra parte, mal no les vendría a las izquierdas estrictas algún ejercicio de mea culpa histórico.
El denominado “socialismo real” no implicó  justamente una experiencia de autonomía, autogestión  y libertad para las capas subalternas, y si bien se garantizaron necesidades básicas la explotación  capitalista fue reemplazado por formas de dominación desde castas burocratizadas privilegiadas, sin contar la agudización del autoritarismo estatal, la violencia y el derrame de sangre, que no contribuyeron precisamente a cultivar en el imaginario social las virtudes de las ideas marxistas. Más bien todo lo contrario, favorecieron a la campaña de demonización que realizara la derecha conservadora mass-mediatica mundial.

Se nos replica desde la ultraizquierda, que el denominado “socialismo real” no constituyó un genuino socialismo, que no se llegó a instancias socialistas verdaderas. Pero señores en la práctica la aplicación del programa de izquierda salió “eso” y hay que hacerse cargo de tal frustración, para no repetir los fracasos y conducir a los pueblos al suicidio. Es comparable esta problemática con el otro extremo ideológico. Los intelectuales y tecnócratas autodefinidos como genuinamente liberales no se hacen cargo de los desastres económicos y sociales que dejaron sus recetas monetaristas señalando o justificando que en Latinoamérica, en la década del ’90, no se aplicaron las medidas neoliberales correctamente como señala la teoría; alegando que los programas de “achicamiento” del Estado debían tener como consecuencias promover la competencia conjuntamente con  un florecimiento de Pymes y un sin fin de cuenta-propistas innovadores y creativos, y no lo que finalmente “salió”: una creciente concentración de la riqueza en oligopolios, rodeados de un mar de miseria y desigualdad.

Visto esto, entonces, hoy más que nunca las  “nuevas izquierdas” de la región se ven obligadas a descubrir, a recorrer senderos de independencia innovadoras para no repetir viejos fracasos, añejas frustraciones. Hoy más que nunca adquiere vigencia aquella afirmación clásica del autor latinoamericano José Martí: “inventamos o fracasamos”.  Además si éstas experiencias “neo-populistas” no implicaran experiencias significativas para el universo progresista, para el historial izquierdista, por qué creen que un viejo cubano (que algo sabe de revoluciones)   realzaría y apoyaría estos gobiernos, señalando incluso que CFK implica “el punto más alto de resistencia de una mujer en América Latina”.

Desde ya que éstas nuevas experiencias transformadoras deben avanzar en cuestiones estructurales como  una mayor apropiación de rentas en búsqueda de programas distributivos de más  profundidad que elimine de cuajo los bolsones de miseria y pobreza que quedan por resolver. Es necesario discutir y desarrollar nuevas formas de producción y de consumo más armónicas con la protección medio-ambiental al mismo tiempo que se desarrollen  tecnologías autóctonas capaces  de cortar la dependencia con las multinacionales y los países del centro. Además, (e ingresamos nuevamente en el campo de las “sutilezas”) buscar en  un futuro orden social más emancipado, una cuestión que ha sido olímpicamente obviada o desechada por las izquierdas tradicionales, el debilitamiento o la supresión de la madeja de controles “capilares” sobre los cuerpos y el ejercicio del poder disciplinario que se despliega en toda sociedad moderna produciendo “sujetos dóciles”, que tan detallada y profundamente estudió el francés Michel Foucault. (Un socialismo panoptizado no interesa).

Sin embargo, radicalizar los procesos de cambio implica acentuar la descolonización de las subjetividades de las capas subalternas, presas aún en porciones significativas, a pesar de las presentes experiencias re-politizadoras contra-cuturales, de la atmosfera hegemónica mediática conservadora. Conformar o solidificar una nueva hegemonía “nacional y popular”,  una nueva “fe”, como señalara el genial intelectual italiano Antonio Gramsci, que asuma la conciencia incluso que tal radicalización pueda implicar costos económicos y sociales transicionales y afectar la gobernabilidad. Si no sé es consciente de esto desde las izquierdas, si no sé es consciente de la correlación de fuerzas en su dimensión cultural se corre el riesgo, en definitiva, de dejarle la mesa servida a la restauración conservadora.


 PD1: Conflicto agrario, Resolución 125 y las posiciones de la izquierda

Durante el conflicto agrario entre el gobierno nacional argentino  y  la burguesía rural durante el año 2008  una parte de la izquierda se alineó insólitamente (¿insólitamente?) con la Sociedad Rural. Otros sectores izquierdistas diagnosticaron el evento como un conflicto  de naturaleza “inter-burguesa” del que los trabajadores debían estar ajenos.

De los primeros, qué se puede decir. Sin palabras. De los segundos, se hace necesario señalar que desde una matriz marxista estricta, académica e intelectual, se puede aceptar,  no es errado diagnosticar el enfrentamiento del gobierno con las patronales agrarias como “burguesa”. Pero aun respetando este análisis, ¿no  constituía una oportunidad histórica para los intereses de las clases subordinadas, esa “contradicción burguesa”,   para intentar “meter fichas” en contra del modelo dependiente sojero que tanto se critica?,  ¿o estaremos en vigilia toda una vida para aplicar  la soñada “reforma agraria”? La realidad concreta, lamentablemente, no funciona exactamente como dicen los manuales. Era una buena oportunidad, el conflicto con el “campo” para ganar posiciones captando una proporción mayor de la renta para intentar políticas redistributivas  y no terminar haciendo la vista gorda con una posición “neutra” con objetivos de máxima, que terminan  siendo funcionales a la derecha. Aunque seamos justos, también hubo sectores muy minúsculos de la izquierda y campesinos que se ven amenazados por el avance de la concentración de tierras, que apoyaron la resolución 125, demandando incluso un mayor porcentaje de la renta sojera para intentar fines distributivos.


PD2: ¿Agotamiento del modelo neo-desarrollista?. Satisfacción de la derecha. ¿Satisfacción de la izquierda?

Ciertos sectores intelectuales de izquierda, al igual que en el 2007, hoy están pronosticando el agotamiento del “modelo neo-desarrollista”. Con cierto dejo de satisfacción  aluden que se viene desmadrando el gasto público, que las restricciones externas, el déficit energético, etc. Si se  tapan los nombres de los autores, este diagnóstico negativo tiene, ciertos parecidos con el de intelectuales y economistas de la  derecha. Obvio que las diferencias son abismales en el terreno de  las “soluciones” que proponen ambas corrientes de pensamiento. Los conservadores van por ajuste, subordinación a los organismo internacionales, achicamiento del sector público, entre otras cosas, para conseguir recrear  el deseado “clima de negocios” que conduzca o estimule a la burguesía a reinvertir sus utilidades; y por el contrario “la izquierda estricta” propulsa la estatización y democratización integral de sectores rentísticos de la economía.

Sensaciones en el epílogo

A pesar de esta “respuesta” a la “izquierda estricta” me generó (me permito la primera persona) cierta simpatía el aumento electoral del FIT (espacio al que se puede considerar parte de esta izquierda) en las recientes legislativas. Permítanme celebrar también la creciente militancia  juvenil en ese espacio político. Espero, sin embargo, que a diferencia de estos años donde impugnaron todas las políticas del espacio “nacional y popular”  se permitan distinguir  las de claro orientación progresista del gobierno y las apoyen, de las “otras” que está garantizado que las rechazarán.