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jueves, 2 de abril de 2015

IMPRESIONES DEL PARO



1) Primero,  el paro gremial del día martes 31 fue masivo y contundente, si bien es verídico que contribuyó a los altos niveles de ausentismo laboral el cese de actividades  del transporte público, lo cual imposibilitó que muchos asalariados pudieran llegar a sus ámbitos de trabajo en caso de que no adhirieran al Paro.


2) En relación a la demanda puntal, como máxima, de eliminar el impuesto a la ganancia sobre el trabajo o al menos elevar el mínimo no imponible, hay que tener en consideración dos cuestiones a priori:

  
  a)En países desarrollados  que supuestamente tenemos como espejo a imitar -Noruega Alemania-, este impuesto existe y es pagado desde escalas salariales aún menores que en nuestro país.

 b)En Argentina,  el impuesto a las ganancias, es archisabido, grava a una minoría del universo de  trabajadores en relación de dependencia.


3)No obstantes, es cierto que hace un poco de “ruido”, en términos de justicia distributiva, que el laburante, el proletario más o menos calificado sea gravado con este impuesto mientras sectores rentísticos como el ámbito financiero o el mercado bursátil son eximidos de esta presión tributaria.

Tal vez en este asunto el gobierno o la próxima gestión (resulte k o no)  debería abrir una agenda de discusión con los distintos actores involucrados del mundo sindical y el sector empresario  en relación con una reforma impositiva de tipo progresista.

Esta mesa de diálogo se deberían, incluso, reconocer posibles costos  o efectos contraproducentes que pudieran implicar una orientación en ese sentido para la gobernabilidad de la economía argentina como una intensificación de la fuga de capitales y de la demanda de la divisa norteamericana que perjudicara a la mayoría de los asalariados con ingresos fijos.

Además, hay que decirlo, los trabajadores  de mayores ingresos contribuyeron durante estos años al drenaje de divisas. Por ejemplo, durante el año 2014 un tercio del achicamiento de las reservas fue provocado por este sector. Ergo no resulta descabellado pensar que puede haber cierto temor desde el Ministerio de Economía del “rusito” Kicillof a que un  aumento en el mínimo no imponible implique nuevos recursos en manos de los trabajadores que  puedan “volar” a la compra de dólares, colaborando con una futura devaluación con todos los perjuicios que eso conlleva para el resto de los trabajadores.


 4) En relación al carácter político del Paro, habría que aclarar en una primera digresión que todo Paro es intrínsecamente político si reconocemos que el ámbito de lo “político” incluye  la  dimensión conflictiva.

En este caso particular, se trata de  un antagonismo entre una parte significativa del mundo sindical que actúa como grupo de presión (aunque ellos se auto-perciban como representantes del interés general de los trabajadores, son mal que les pese un grupo de presión)  para intentar arrancarle al  gobierno  las políticas públicas que beneficien o al menos que  no perjudiquen a sus afiliados, en este caso concreto la cuestión impositiva.

Pero  no  es este el significado cuando se denuncia, se estigmatiza al paro gremial, sobre todo desde el oficialismo, de “paro político”.

Más allá de la naturaleza conflictiva, desde el elenco gubernamental se percibe  en este Paro un propósito superior por parte de los responsables a una  demanda social o económica, legítima o no, discutible o no. Se percibe en este cese de actividades  un interés político de mayores dimensiones vinculado al objetivo de degastar la imagen e incluso  la gobernabilidad del oficialismo kirchnerista frente a la cercanía de las elecciones nacionales presidenciales  y evitar  de este modo la continuidad del actual proyecto en el gobierno.

Es obvio que en esta percepción, en este diagnóstico del Frente por la Victoria no es desacertado,  algo de eso existe. Los actores involucrados en el Paro no son ingenuos y son conscientes que contribuyen a desgastar políticamente al gobierno, más allá de la demanda sindical en particular.


5)  En este contexto, hay que decirlo (aunque duela ya que tengo varios amigos ahí) el rol de los partidos o sindicatos pertenecientes al segmento izquierdista deja mucho que  desear


Si la izquierda, en todo el proceso K,  ha buscado diferenciarse del gobierno y es opositor al mismo en función de respetar sus principios programáticos y axiológicos en cierto punto es respetable, pero la incoherencia o la contradicción ideológica es evidente si te movilizás o “parás” con el sindicalismo más rancio y conservador, mientras te aplauden los sectores partidarios de derecha al borde de una elección nacional en connivencia con el aparato mediático hegemónico.


Las izquierdas “viven” criticando y visibilizando las contradicciones, los dobleces por derecha del gobierno nacional y popular desde un purismo ideológico y axiomático que ellos violan desde el momento que confluencian fuerzas con sectores más reaccionarios y recalcitrantes del mapa político y sindical vernáculo.


Si te vas a diferenciar del gobierno nacional por “izquierda”, distanciate de modo claro y contundente en la práctica política y social de la derecha sindical, partidaria y mediática, que a priori resultaría una empresa más  factible por la abismal distancia ideológica. Pero no. Autojustifican  que su accionar está fundado en  una alianza táctica y coyuntural para desgastar al gobierno “burgués” tibiamente reformista, pero observando las encuestas previas a las elecciones presidenciales del presente año no se percibe un giro hacia la izquierda de la sociedad argentina, sino todo lo contrario.


Por otra parte, la derecha partidaria busca capitalizar cada protesta o demanda social  de naturaleza patronal o sindical con discursos y propuestas facilistas o demagógicas de difícil concreción sino se desea desfinanciar al Estado.


Si sectores de la burguesía y clases medias reniegan del cepo cambiario, la derecha institucional sale apresurada al espacio mediático a prometer su eliminación en caso de llegar a la Casa Rosada. Si el “campo” pide eliminar las retenciones su discurso es similar. Si los gremios, como en este caso, reclaman por el impuesto a las ganancias, prometen su inmediata supresión.

En caso hipotético de ser oficialismo la derecha, a partir  de un triunfo electoral en las presidenciales de este año, y  dar respuesta  a las demandas con estos criterios impositivos, no habría economía ni Estado que aguante.

 De aplicar este menú de medidas, quedaría desguazado de recursos el sector público para cumplir con sus políticas sociales entre otras. Salvo que se remita al endeudamiento para gasto corriente o para garantizar un funcionamiento mínimo del aparato estatal. Sería un regreso a una variante neoliberal. Ya sabemos como termina eso.

domingo, 3 de agosto de 2014

BRICS, DEVALUACIÓN Y MERCADOS FINANCIEROS: DE IZQUIERDA A DERECHA



Ciertos sectores de izquierda o auto-referenciados de izquierda, intelectuales  sindicales y partidarios critican los acuerdos en infraestructura, energéticos y financieros llevados a cabo con China. Señalan que no habría  diferencia alguna con el imperialismo norteamericano, que imperio por imperio sería  lo mismo. Pero omiten identificar que la mayor importancia de los Brics, y de China en particular, puede modificar el tablero de la geopolítica internacional reemplazando  la hegemonía yanqui por  un escenario multipolar. En este sentido se ha explayado alguien del que no puede dudarse  pertenecer al universo izquierdista y que alguna experiencia en revoluciones tiene,  como es el comandante Fidel Castro, quien destacó la importancia de los Brics para intentar ponerle algún  limite a la hegemonía norteamericana, al tiempo que aplaudió los acuerdos alcanzados entre estos y América Latina.

En lo concerniente a una problemática más local o parroquiana, desde este espacio ideológico en asociación con todo el arco sindical, se promueve elevar el techo del impuesto a las ganancias que grava al 13% de los asalariados mejor pago del país.
Más allá de la justicia o no justicia del impuesto (tal vez sea más lo segundo que lo primero,  si se compara con  la moderada carga tributaria de sectores rentísticos en el país), en términos concretos, dichos asalariados como gran parte de los trabajadores formales en “blanco”,  han resultado en el periodo kirchnerista  beneficiados en la compra masiva de automóviles, electrónica, con lo cual, como es sabido, se agudiza un estilo de consumo y desarrollo internacionalizado acentuando la dependencia tecnológica y económica que generalmente se señala, no sin razón, desde estos mismos críticos al gobierno por izquierda.

Si se promueve la idea orientativa de un orden económico y político socialista que implique la soberanía popular y democrática en los principales resortes estratégicos de la economía local,  tal vez sea necesario alertar que el modo de consumo y el estilo de desarrollo que se puede avizorar si se busca cortar con la dependencia además de establecer una relación sustentable y armónica con el medio ambiente, va a ser bastante más austero que el vienen experimentando los trabajadores registrados que pagan impuestos a las ganancias en este periodo de capitalismo posneoliberal kichnerista.

Por otra parte, desde sectores de la derecha o voceros de la city o el establishment se señala la supuesta ausencia de un “clima de negocios”, o la falta de seguridad jurídica ante el desenvolvimiento de un gobierno de naturaleza conflictivo y crispado. Se sostiene que en  los primeros años pos-convertibilidad las inversiones regresaron tras la devaluación. Pero  con el transcurrir de los años, especialmente a partir de la presidencia de  Cristina Fernández y   producto de un desmanejo  deficitario del Estado, se acelera la fuga de capitales hacia la compra de divisas.

Este razonamiento que proviene del espectro conservador, omite señalar que los capitales arribaban cuando los salarios estaban pulverizados pero  ante el incremento gradual y constante de los ingresos  del sector popular durante el kirchnerismo -con la reapertura de las paritarias- la gran burguesía prefiere remitir sus extraordinarias ganancias a la compra de dólares.
Desde la perspectiva del gran capital, aumentos de salarios implican mayores costos si se hallan en algún sector productivo, y ante la alternativa de  colocar sus activos en la plaza financiera local prefieren atesorar en dólares en el exterior o en algún paraíso fiscal  por  temor a que una futura devaluación disminuya sus valores.

No pocos sectores populares y clases media ante los sucesivos aumentos salariales y ampliación del empleo registrado aceleran el consumo internacionalizado de bienes provistos por la armaduría de la industria automotriz y electrónica oligopolizada, demandando esta situación un incremento constante y sonante de divisas que  contribuye, conjuntamente con el pago de la deuda externa y la remisión de utilidades de los monopolios  extranjeros a sus casas matrices, a una sensible baja en las reservas del Banco Central.
Este proceso es  percibido por la  gran burguesía, que  agrava la restricción externa mediante  la fuga de sus capitales. Si a esto se le agrega la especulación de los liquidadores de granos por expectativas devaluatorias, demorando ventas o subfacturando exportaciones el combo de incertidumbre se completa.

Ante esta delicada situación el gobierno apela a frenar  la sangría mediante el control o la regulación en la compra de dólares (recordemos el denostado cepo cambiario) para evitar la temida devaluación de la moneda que disminuya los ingresos populares. Pero estos controles, además de generar un mercado negro de divisas (dólares blues) no logran evitar la crisis de balanza de pagos y de consumar la devaluación.

En Argentina, las devaluaciones han sido,  históricamente, parte de “programas de estabilización” -por no decir de ajuste- que profundizaban las efectos recesivos y distributivos de la devaluación mediante otras medidas (fuerte iliquidez, reducción del déficit fiscal, congelamiento de salarios y aumentos de la tasa real de interés), todas  cercanas a las recomendaciones de los organismos internacionales de crédito o más específicamente del FMI.

La devaluación de enero del presente año compartió con las del pasado los efectos negativos no sólo recesivos y redistributivos en beneficio del  sector exportador,  sino también inflacionarios en los primeros meses aunque  trajo aparejado efectos  positivos como cierto alivio en la balanza de pagos y el sostenimiento de las reservas internacionales.
Sin embargo, aunque esta vez  el gobierno apela a algunos instrumentos típicos del recetario ortodoxo como la suba de la tasa de interés para desincentivar la compra de divisas y moderar la liquidez monetaria o la reducción de subsidios a las tarifas públicas,  por otra parte evita las medidas típicas de “austeridad” y recortes neoliberales con aumentos y ampliaciones en las asignaciones sociales, jubilaciones e incrementos salariales significativos en tren de recuperar poder de compra del sector popular.

Esto beneficia o al menos intenta evitar que la devaluación de enero golpeé de lleno a las clases populares al tiempo que mantenga cierta dinámica en el consumo que permita conservar la actividad de las fracciones más débiles de la burguesía urbana que “viven” del mercado interno.

Igualmente este accionar del gobierno  resulta provisorio y de emergencia  para “pasar el mal trago” o morigerar lo mejor posible los efectos perniciosos de la crisis del sector externo. Pero si se piensa  que  gobierno aspira a relanzar el ciclo de crecimiento que evite las suspensiones laborales o la incertidumbre laboral que genera la recesión en ciertos sectores de la economía y renueve la demanda y las inversiones, necesita alejar el fantasma de la restricción externa mediante el incremento de las reservas en el Banco Central.

Esto implicaría agudizar la audacia por parte de la actual administración apelando a estrategias que sustenten  nacionalizaciones y estatizaciones en el comercio exterior y el sistema financiero, como pregonan y comparten huestes ideologizadas que conviven en el interior del  kirchnerismo o de izquierdas opositoras, que permitan controlar el excedente económico mediante la liquidación segura  de divisas y “evitar la fuga”. Sin embargo, aparentemente el gobierno ha desechado esta alternativa radicalizada, tal vez por considerarla inviable y anacrónica en términos de gobernabilidad a estas alturas de un capitalismo ultra-globalizado.

En un capitalismo local profundamente oligopolizado e internacionalizado se ha preferido intentar normalizar las relaciones con la comunidad financiera  para poder acceder al flujo de los dólares frescos que permitan relanzar el ciclo de consumo y crecimiento (y lograr de este modo un techo más alto de la balanza de pagos); de allí la maratón de acuerdos finalmente  alcanzados con el Ciadi, Repsol, Chevron, el Club de París, que ha tenido como dato no menor en términos de soberanía, la ausencia del Fondo Monetario Internacional con sus conocidas recetas.


Esta estrategia gubernamental de acercamiento y conciliación  a los mercados financieros de crédito, tras las renegociaciones y reestructuraciones de deuda con “quitas” históricas durante el gobierno de Néstor Kirchner,  parecía encaminarse pero se topa con un fuerte obstáculo a partir el conflicto desatado con los denominados fondos buitres (y sus representante legal  norteamericano el juez Griesa) quienes,  a diferencia del 92% de los acreedores, exigen la totalidad del pago. El gobierno, en esta tensión con los buitres, vuelve a mostrar su mejor versión en defensa de los intereses soberanos del país, pero se traga el costo de aletargar los ingresos de divisas suficientes que permitan una salida veloz de la recesión.   

domingo, 2 de febrero de 2014

DÍAS DESTITUYENTES: DICHAS Y PREOCUPACIONES



Dichosos días en la derecha, en cierta izquierda y en los hegemonizados de la década en horas con espíritus destituyentes. Debilidad del gobierno popular. Poderes fácticos logran acaparar excedentes con mecanismos devaluatorios. Sectores oligopólicos exageran sus efectos a los precios, deterioro de la vida cotidiana. A falta de golpe de estado militar clásico al que apelaba la clase dominante en el siglo XX, regresan a la memoria colectiva los denominados  “golpes de mercado” más  contemporáneos.
No se conforman las elites económicas con las fortunas amasadas durante su “década ganada”, desprecian continuar la convivencia con  la “grasa” popular. Van por el reinado directo del Estado.
Burguesías concentradas, elites de la globalización volátil con espíritus rentistas montados a la fuga y a la especulación financiera, bicicleteando entre divisas paralelas logran pingues ganancias. Grandes exportadores no disimulan su avaricia de clase, parásitos, rapiñeros que  ocultan  liquidaciones especulando con acaparar mayores porciones excedentarios. El conglomerado mediático agudiza su acoso denso y permanente. A tiempo  completo con sus bocas de estiércol. Sus predicadores del odio apelan a economistas platónicos, pronosticadores apocalípticos, foguean escenarios catastróficos   y exageran horizontes de ingobernabilidad, de caos, de vacío de poder. Porciones  hegemonizadas de la sociedad siguen sus líneas, se tragan comunicaciones facilistas, trivializadas. Dolarizados mentales, sus almas precarias  atravesadas  por sentimientos ambiguos entre la dicha  que les provoca la debilidad del populismo y la preocupación por sus pertenencias si el sistema se desbanda.
Gremialistas conservadores y resentidos se frotan las manos. Y ciertas izquierdas arqueológicas reflejan  su coherencia abstracta y dogmática. Posan como siempre erráticas, haciendo el juego a sus  enemigos,  donde sus ensueños finalistas los desorientan en el diagnóstico de las tensiones concretas   (En fin, buenos muchachos o con buenas intenciones, pero fuera de la historia o mal ubicados en la misma. ¡Una lástima!).
Opositores partidarios  naturalizan el rol de títeres del establishment. Acusan al gobierno de todos los males,  conscientes, quizás, en sus fueros íntimos de que se incrementan en forma exponencial las  posibilidades de acceder a la gestión   frente a un  hipotético fracaso del kirchnerimos de controlar las principales coordenadas de la gobernabilidad. En un marco de relativa estabilidad económica y social el  capital político de las facciones partidarias opositoras disminuye hasta la insignificancia.
Ansiedad y nerviosismo en  los sectores populares por los traslados de precios, por los incrementos de los bienes. Acentuada preocupación en  los asalariaros, sindicalistas, intelectuales, artistas, movimientos sociales, clases media-progre, y empresarios internos  identificados con el “proyecto” por la ofensiva del gran capital.Vigilias plurales del campo popular en alerta  esperando como mínima, en el horizonte,  que al gobierno  “la cosa” no se le desmadre. O aspirando, en sus fracciones de militancia activa politizadas, radicalizadas, que el kirchnerismo redoble la apuesta  desde la debilidad rescatando experiencias y  memorias estatizadoras recientes.
Clima destituyente alegaba Carta Abierta durante los días de ofensiva agropower durante el 2008. Estos días está el tufillo de ese espíritu, figuras espectrales reaparecen de esas agitadas jornadas. No se hallan en las rutas, utilizan estrategias más finas, más sutiles. Tras  la ofensiva devaluatoria de las clases dominantes, el gobierno -que se encuentra en uno de sus momentos más arduos-  intenta dar muestra de cierto control del timón esperando que el nuevo dólar competitivo oriente a los actores económicos hacia actitudes racionales como liquidación normal de exportaciones o  caída del dólar  “negro-blue” al nuevo precio alto del dolar oficial abierto. Esa es la esperanza gubernamental al tiempo que pueda mitigar o matizar el traslado a los precios en la economía interna  para intentar recuperar desde una performance de menor vulnerabilidad el manejo de las variables económicas centrales. Esta es la primera estrategia de tinte conciliador asumida desde las alturas del gobierno al tiempo que ensaya sus conocidos discursos contestatarios. En las próximas semanas se verá si esta táctica en la gestión alcanza, ante exportadoras  voraces que incrementan el chantaje y la erosión sobre la administración nacionaL. Si esto no sucede,  deberá apelar a las influencias nacionalizadoras y progresistas del movimiento en una reinvención constante del kirchnerismo, recuperando el talente y la épica igualadora y democrática. Haciendo de la necesidad, virtud.






lunes, 13 de mayo de 2013

El nuevo Papa Francisco: las reacciones del progresismo K, la izquierda y la derecha en Argentina y América Latina.

La histórica noticia del nombramiento de un Papa latinoamericano y argentino ha generado una explosión, una oleada  de interpretaciones y  lecturas sobre el nuevo Papa en los medios de comunicación progresistas o alternativos  y hacia el interior de la militancia y la intelectualidad kirchnerista  o filo-kirchnerista.
 Por un lado  los hay quienes, groso modo,  reprueban al nuevo Papa por sus actuaciones dudosas durante la dictadura clericó-militar a la vez que no vislumbran buenos augurios  en la política papal para con América latina. Entre ellos se encuentran periodistas como  Horacio Verbitsky o intelectuales de la talla  de Horacio Gonzalez, actual director de la Biblioteca Nacional.  Sin embargo,   los hay  quienes si bien no soslayan estas dudas, tienen  expectativas  que se produzcan algunos cambios  especialmente en el campo de los derechos humanos por parte de la cúpula eclesiástica, que implique alguna revisión o autocrítica de la actuación  de  la Iglesia en nuestro país durante los ´70 a la vez que se logre  una mayor sintonía del papado con los gobiernos pos-neoliberales de la región. Entre ellos se hallan Luis  Bruschtein, y Sandra Russo, cronistas ambos del diario Página 12, el politólogo  Edgardo Mocca analista en el mismo periódico e integrante del programa 678 y el reconocido filosofo José Pablo Feinman. 

Si en campo periodístico e intelectual  progre de nuestro país se han suscitado visiones heterogéneas y diferencias conceptuales al momento de analizar el nuevo pontificado, más homogénea ha sido la reacción de los líderes izquierdistas de la región. Tanto Rafael Correa, presidente de Ecuador como Nicolás Maduro, referentes del denominado socialismo del siglo XXI en declaraciones en sus  twiters personales salieron rápidamente a celebrar la “buena nueva”, no bien enterados de la noticia.
Homologas  actitudes asumieron, salvo  Mujica de Uruguay  por sus laicismo estricto, el resto de los mandatarios  de la región  de todo el arco ideológico. De  izquierda a derecha. Desde  Piñera y Santos, presidentes conservadores  de Chile y Colombia respectivamente hasta Evo Morales, (Bolivia) Dilma Roussef de Brasil, pasando por Humala (Perú) y Peña Nieto (México) todos encantados, “encandilados”  con la novedad que un cura de la región ocupe el máximo pontífice.

Tal vez la mayoría de estos dirigentes  reaccionen de modo positivo por convicciones religiosa personales o intimas, pero también se pueden explicar estas reacciones en que los presidentes latinoamericanos representan a sociedades fuertemente atravesadas por el catolicismo desde hace siglos, más allá que la región no constituye una excepción en relación a la pérdida de “clientela”  ocurridos  en todo el planeta en las últimas décadas en la Iglesia Católica. Pérdida  explicada en buena medida por  una Iglesia que no ha sabido adecuarse a las trasformaciones culturales  y sociales contemporáneas. 

En nuestro país, en tanto a la obvia y esperable  alabanza de todo el arco político conservador con las que ya contaba el ex -cardenal Bergoglio, se sumaron parte de las filas oficialistas encabezas por la propia presidenta. Por el lado de los referentes de oposición (a quienes se los vio exacerbados hasta el éxtasis)  el nombramiento del argentino en la máxima magistratura clerical puede significar   una oportunidad real de  ponerle límites, ahora sí, de una vez por todas a las  “soberbias”  de la primera mandataria  CFK. Por otra parte, desde los sectores más encumbrados del oficialismo, olvidando las tenciones previas con  Bergoglio, salieron a reconocer y a saludar como un hecho auspicioso el nombramiento del Papa argentino.

 Al menos en ésta primera semana de gestión del nuevo Papa, las intenciones y las expectativas de la oposición conservadora vernácula de “marcarle la cancha” a Cristina se han visto diluidas. El tiro hasta ahora, les está saliendo por la culata. Francisco, parece haber tomado conciencia rápidamente que ya no es Bergoglio, y a pesar del  fogoneo anti-K de la prensa hegemónica y sectores políticos y civiles de derecha desde su asunción,  ha recibido cordial y rápidamente a la presidenta Argentina. Cristina en tanto, junto con las primeras líneas del gobierno, veloz de reflejos, y de modo pragmática salió a reconocer, como se dijo, de manera positiva el nombramiento de Fransisco. Desde las primeras filas del gobierno ven como una oportunidad de acentuar la influencia argentina y latinoamericana en la agenda mundial, el nombramiento histórico de un Papa de la región. De allí que el primer tópico planteado por la delegación  de nuestro país ha sido el tema Malvinas.

Por otra parte, en el campo de la izquierda laica más pura (uno de sus exponentes de mayor  prestigio es el sociólogo Atilio Borón) se está especulando  en un  futuro cercano, una vez que el Papa resuelva problemas de gestión en Roma heredados de los papados precedente, conflictos o avances de la Iglesia sobre los proyectos de izquierda o socialistas de la región en similitud a los llevados a cabo por el papa polaco Juan Pablo contra los regímenes comunistas durante los ´70 u ´80. Las mismas expectativas, pero en tónica positiva, parecen tener porciones burguesas o de clase media o alta de la sociedad latinoamericana y argentina conducidas por los medios de comunicación hegemónicos. Se ve como una oportunidad para, sino terminar,  al menos socavar las gestiones de  los gobiernos populistas.

Al menos por ahora si nos guiamos por los primeros gestos emanados por Francisco cuando hace referencia a la “Patria Grande”, estos temores vislumbrados por la izquierda, en el corto plazo,  parecen exagerados a la vez que, en la otra cara de la moneda, las expectativas optimistas de  las derechas civiles  más rancias se ven diluidas.
Estas primeras armonías, al menos en el plano discursivo, con los progresismos de la región, sin embargo no implican que el  futuro esté libre de asperezas o tenciones entre Roma  y  América Latina. En el caso que se agudicen las contradicciones entre los gobiernos de izquierda y los sectores dominantes habrá que ver cómo reacciona el nuevo Papa. Este, al igual que las gestiones progres de la región, adhiere a las políticas sociales y a una mayor cercanía con los pobres, lo desposeídos, pero muestra su cara reaccionaria cuando el poder político además de contener a los humildes los convoca a enfrentamientos con las clases dominantes.
Un botón de muestra de esa faceta lo expuso en Argentina durante el lockout  agrario  al gobierno de los kirchners, posicionándose claramente a favor de las patronales, dándole la espalda a los trabajadores que apoyan al oficialismo.  Francisco I, obvio, no es ningún revolucionario y su reformismo social o la idea de una “Iglesia para los pobres” está presente  siempre que no rebalse los límites de status quo económico y financiero. Hace casi medio siglo que Don Helder Cámara, obispo de Olinda y Recife explicó muy bien esta contradicción: "Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista."