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martes, 28 de julio de 2015

LA RACIONALIDAD POLITICA DEL GIRO DISCURSIVO DE MAURICIO MACRI


El giro discursivo de Mauricio Macri (kirchnerisandosé), después de ganar de manera ajustada la elección en ciudad de Buenos Aires a contraposición del resultado esperado, (que su candidato  Horacio Larreta se impusiera por una diferencia al menos arriba de 8 puntos por sobre Martin Lousteau, que le diera una plataforma local sólida para expandir sus figura  de cara a las elección presidenciales) ha generado las obvias reacciones críticas, por decirlo de algún modo, del kirchnerismo y también de aliados y otros opositores.

La defensa de las principales políticas del gobierno nacional, como  la asignación universal, la nacionalización de YPF, o la estatización de Aerolíneas, después de haber votado en contra  en el Congreso cada una de estas políticas, símbolos del proceso kirchnerista, en una lectura rápida de lo sucedido, se parece a un papelón como mínima, o  a una irracionalidad política de parte del espacio macrista.

Pero quizás sea necesario indagar otros itinerarios argumentativos para tratar de  entender o hallar alguna explicación o racionalidad a este “papelón” macrista.

Desde una concepción política guiada por una identidad, por convicciones, por la búsqueda de una democracia ideologizada y participativa que aspire a una sociedad más igualitaria -presente en la militancia K y en cierta  militancia de izquierda-, este giro discursivo del Pro no puede  “sonar” más que a un combo ridículo vacío y cargado de oportunismo. Y obvio que quien escribe este artículo comparte esos calificativos.

Pero el espacio asesorado por Duran Barba analiza la realidad electoral y la democracia desde otra racionalidad política o esquema de  percepción que aquellos militantes de partidos o movimientos que guían sus acciones por la búsqueda de algún de norte  de una  sociedad más igualitaria tal vez les cueste (nos cueste) entender.


El macrismo alejado de una idea de democracia y ciudadanía entendida en el sentido clásico como participación del pueblo o estilo de vida (con ecos que provienen de la democracia directa de los griegos o los idearios de J. J.  Roussseau), o más clasista donde el sujeto obrero adquiere una centralidad fundamental, parte de una concepción democrática análoga a la de un mercado económico como lo describió el economista austriaco J. Schumpeter casi a mitad del siglo pasado.

Esto significa percibir el ámbito político como un mercado económico, el cual no está integrado por  ciudadanos que “piensan” en políticas, que luego aplicarán sus representantes, sino que los mismos son identificados como meros consumidores, en tanto los políticos son percibidos como empresarios que “venden” sus propuestas como en un sistema económico.

Schumpeter dejó de percibir la democracia como se había pensado hasta ese momento en la teoría política tradicional. Es decir la Democracia entendida como una forma de gobierno o una forma de vida inspirada en ideales tales como la voluntad general y el bien común, para definirla solamente como un método electivo.

El pueblo en esta concepción deja de existir como un conjunto de ciudadanos racionales, interesados en la cosa pública, para recluirse en sus problemas privados (Daniel Garcia Delagado). O,  cuando se interesa, percibe la política en sus dimensiones más de superficie antes que desde argumentos profundos que piensen en cuestiones o problemáticas estructurales.

En este sentido la ciencia política contemporánea  a partir de Schumpeter dejó de definir a la democracia en su clásica acepción como “gobierno del pueblo” para entenderla como gobierno de la elite dirigencial, es decir el “gobierno de los políticos” (José Nun)

Esta concepción procedimental y apática de la democracia en que se sostiene el principal asesor de Mauricio Macri, el ecuatoriano Duran Barba,   se ve reflejado en cuanta entrevista periodísticas se le presenta cuando señala,  en sus propias que palabras, que aproximadamente un “60 o 70%  de las ciudadanos que conforman las sociedades actuales no se interesa por la política”.  O como señala, lo citamos de paso, en tonos parecidos, el otro dirigente opositor al actual gobierno, Sergio Massa cuando se refiere “a la gran avenida del medio” entre el hiper- kirchnerismo a ultranza y el antikirchnerismo  furioso y conservador.

Desde esta cosmovisión reduccionista de la democracia constituidas por ciudadanos despolitizados y apáticos la mayor parte del año o a lo sumo transformados en meros “consumidores” en las inmediateces de una elección, no resulta totalmente descabellado o irracional “acomodarse”  a los vaivenes de esta “gran avenida del medio” que constituye en buena proporción la denominada  opinión pública; y actualmente hay un clima de época donde la opinión pública, a diferencia de los noventa, que se inclinaba por las propuestas privatista y por  la exaltación del mercado, se inclina por una orientación más estatista o interventora del rol del Estado.

Igualmente, en este marco, los partidos no pueden adoptar ideologías idénticas, al decir de otro politólogo de esta corriente formalista o minimalista de la democracia como el norteamericano Anthony Downs, “porque deben crear diferencias suficientes para que su producto (la ideología) se distinga de sus rivales y así atraer votantes a sus urnas. Sin embargo, igual que en un producto de mercado, cualquier ideología que tenga un éxito considerable es imitada muy pronto, y las diferencias se producen a niveles más sutiles”.

Esta orientación ideológica configurada por el kirchnerismo en los 2000 parece “exitosa”,  en los términos de Antony Downs. Entonces es perfectamente racional que el macrismo busque imitarla en su discurso, presentando al decir del politólogo norteamericano “diferencia a niveles más  sutiles”. En el caso del PRO las diferencias que busca establecer están vinculas con  la gestión, con la administración. Se presenta como más eficiente, más competente frente al “despilfarro e ineficacia” kirchnerista en el manejo de la cosa pública.

Si se presta atención con anterioridad a este giro discursivo, los macristas estaban dando pistas de esta “metamorfosis ideológica” cuando semanas atrás en sendas entrevistas por los medios hegemónicos María Eugenia Vidal decía adherir a la figura de Evita o Duran Barba señalaba al macrismo como un partido progresista.

Sin embargo, aún cuando se ha tratado, en el presente artículo  de problematizar la racionalidad política del giro discursivo del macrismo,  aún cuando se intentado matizar lo que puede resultar a primera vista un accionar desacertado y desconcertante, lo que resulta  inoportuno y un tanto  un tanto tosco y bizarro, es adoptar como propias las políticas progres del  kirchnerimo en el mismo  momento, en el mismo instante de una casi derrota electoral y bruscamente sin apelar a ningún tipo de sutilezas, de gradualidad o simulación por parte del máximo dirigente del PRO, Mauricio Macri. 



domingo, 8 de febrero de 2015

Metamorfosis de la representación. Cultura política y kirchnerismo frente a las elecciones 2015




Desde fines del siglo XIX  hasta mediados del siglo XX los lazos de representación políticas estaban enmarcados en el paradigma del denominado partidos de masas o democracia de partidos como lo analizara Bernan Manin en su conocido artículo “La metamorfosis de la representación”.

Esta representación se caracterizaba por lealtades permanentes, partidos ideologizados, identidades fuertes y correspondencia perdurable  entre los intereses de los estratos sociales y los programas de los partidos políticos.

De este modo, en Europa el clivaje izquierda-derecha constituía  la escisión predominante del campo político. Generalmente los sectores proletarios votaban o inclinaban sus preferencias a los partidos comunistas o socialdemócratas y la burguesía y clases medias altas a partidos conservadores.

En el caso argentino el eje de escisión fue menos definido en términos de clase, puesto que la experiencia peronista fue policlasista y  anclado en un proyecto de soberanía estatal y liberación nacional. De todas maneras,  el clivaje se ordenó en torno a la escisión peronismo-antiperonismo. Donde el primero contaba con apoyo electoral de los trabajadores y el Radicalismo con la anuencia de las clases medias.

Simultáneamente los intereses de la oligarquía y la alta burguesía,  no pudieron constituir un partido de derecha con viabilidad electoral, apelaban a los golpes de estado militar para imponer sus intereses (Edgardo  Mocca).

En la década del ‘60 y ‘70 -especialmente con la llegada de la  globalización, las nuevas tecnologías y el predominio de los medios masivos  de comunicación- los lazos de representación se modifican, sufren al decir del politólogo Bernad Manin una metamorfosis. Se privilegia la imagen de los candidatos, el slogan a través de las campañas publicitarias de televisión, se desideologizan las propuestas partidarias, aparecen los denominados partidos “atrapa todo”, al tiempo que la subjetividad o conciencia de  clases se diluye y es reemplaza por la denominada opinión pública.

Las nuevas clases media, surgidas al calor del Estado de Bienestar en Europa y de la sociedad de consumo, difuminan la división de clases. Los patrones de consumo y los valores individualistas de la burguesía son asumidos como propios por parte de los sectores subalternos al tiempo que se debilitan los ideales revolucionarios.

En este escenario, los partidos políticos desideologizan sus posturas con el propósito de captar  el denominado “electorado independiente”,  orientando sus propuestas hacia el “centro” donde los medios de comunicación asumen un rol determinante.

En Argentina la cultura política basada en la “alternancia” entre militarismo y el movimientismo tenía particularidades propias, diferenciada de la cultura clasista de los países centrales, aunque la efervescencia ideológica y política se mantuvo e incluso se intensificó en los ‘70 con el regreso de Perón y el pregonado proyecto del socialismo nacional de la  izquierda peronista.

El regreso de la democracia en los ‘80 vino atravesado con la exaltación de las nociones de Estado de Derecho y las libertades individuales,  que cobran importancia tras la noche negra del Proceso. En ese marco se sale de la cultura  movimientista que ocupaba todo el escenario político y se va instalando un formato de sistema de partido con posibilidades de alternancia al estilo de las democracias centrales, en nuestro caso  mediante el bipartidismo radicalismo-peronismo.

Sin embargo, al mismo tiempo que se instauraba incipientemente una democracia de partidos, que en Argentina había estado ausente,  en el mundo los partidos dejaban de ser lo que habían sido en el pasado para adquirir relevancia la denominada democracia de lo público o de “audiencia” analizada por Bernan Manin  en el  citado artículo sobre “La metamorfosis de la representación”.

En nuestro caso también adquiere relevancia el impacto de los medios de comunicación en la política,  la mercadotecnia política, las encuestas y los sondeos de la opinión pública.

El problema que este nuevo formato democrático lejos de constituir una ciudadanía culta y virtuosa que controlara a los poderes, como pensaban los clásicos de la teoría democrática, se transforma en una masa gelatinosa,  volátil, inestable, ecléctica, y de baja intensidad ideológica .

Al respecto, el politólogo Hugo Quiroga señala que “este modelo mediático de la política no favorece precisamente la racionalidad discursiva, ni la racionalización. La idea de un ciudadano autónomo pareciera alejarse”.  Es más, afirma este autor puntano radicado en la Universidad de Rosario: “El votante en una misma elección puede elegir a un candidato de centro-izquierda a nivel nacional con otro de centroderecha a nivel provincial o viceversa”.

O como señalara alguien insospechado de pertenecer al mundo izquierdista crítico anti-sistema, el politólogo liberal Giovani Sartori: “la televisión transforma la noticia en entretenimiento y la información en espectáculo, contribuyendo a la producción de una visión cínica y espectacularizada de la política. En las democracias contemporáneas la opinión pública no es autónoma sino teledirigida”.

La consolidación de la hegemonía neoliberal en los `90 que colabora con una cultura política apática, hedonista e individualista acentúa y lleva al clímax esta metamorfosis de la representación. Señalaba en esos años  el sociólogo  de la FLACSO, Daniel García Delgado: “La gente cada vez espera menos de la política y se orienta hacia el mercado, lugar donde se decide si “va a salvarse” o no. Si la política estuvo en el pasado dominada por las nociones de clase y nación, esta pierde ahora esta determinación”.

De este modo, en un  escenario donde adquiere predominancia el marketing político, los sondeos de opinión, las encuestas y la personalización de la política por sobre los programas partidarios, el voto depende cada vez más de la “oferta política” o el clivaje estipulado por el candidato antes que un alineamiento de clases o social automático. En este marco el modelo militante entra en crisis porque ya no agrega poder (Daniel García Delgado).

Sin embargo, en paralelo a este horizonte noventista empapado de cierto tratamiento trivial, espectacularizado y banal de la política, se configura el surgimiento de voces contra-hegemónicas de los expulsados  del mundo del trabajo por las políticas de “ajuste”.

Los denominados movimientos sociales “piqueteros” tratan,  rescatan  la política  en los viejos lenguajes militantes, en torno a valores como la igualdad  social, la recuperación del Estado, la re-significación de la soberanía  frente a los poderes fácticos externos e internos,  la regulación del mercado.

Tras la crisis de representación e ingobernabilidad del 2001, donde los dirigentes son percibidos por  la sociedad como una casta privilegiada, autonomizada de los problemas sociales  (Quiroga Hugo), el frágil  sistema bipartidario  se desarticula en múltiples candidaturas. De esta forma se  agudiza  el surgimiento de  candidatos “intinerantes”, que surfean al calor de la agenda mediática, donde los partidos aparecen más como un “sello de goma”. (No está de más decir  que un ejemplo prototípico del político nómade es el de Elisa Carrio quien cortó con el Radicalismo para conformar  ARI, la Coalición Cívica posteriormente, luego la Alianza Faunen,  para terminar  en las filas macristas).

Por otra parte,  a partir del año 2003 se relegitima la autoridad presidencial  ya que el nuevo presidente Néstor Kirchner toma nota las demandas ideologizadas de movimientos sociales y sectores medios progres y las refleja  en políticas estatales.

El kirchnerismo implica en este sentido un intento de recuperación de la política en clave ideologizada y militante, como en el modelo anterior, esta vez en torno del clivaje neoliberalismo y antineoliberalismo, donde en el primero se hallan los intereses de las elites económicas, corporativas y políticas y en el segundo los intereses del pueblo.

En este sentido el K intenta reordenar el mapa político en torno a los proyectos de transversabilidad o concertación plural a partir de configurar una constelación centro-izquierdista por fuera del PJ.

Si bien el clivaje o la oferta electoral del kirchnerismo en torno a los ítems estado-mercado o política vs corporaciones, autoritarismo vs derechos humanos, anclado en la recuperación económica y cierto bienestar material en los sectores populares el kirchnerismo, logra altos índices de aprobación en la opinión pública, ésta, sabemos,  no es sólida  y se caracteriza por una morfología gaseosa y voluble.

El kirchnerismo, en su alianza circunstancial y táctica con los pulpos mediáticos, logra la anuencia de porciones significativas de esta  ciudadanía  fluctuante o de baja intensidad ideológica, quizás necesarias tras una legitimidad electoral de origen recortada del 22%, pero ante el conflicto con el establishment agro-mediático, el apoyo de la opinión pública se desploma como un castillo de arena.

El kirchnerimo no logra imponer en la sociedad una escisión propia de la cultura movimientista  como  la de pueblo-oligarquía durante el conflicto agrario y la anuencia de una opinión pública voluble y vaporosa que le había sido afín hasta ese momentos se desploma para migrar hacia otros candidatos electorales dotados de una cultura política más light, propia de la herencia cultual neoliberal o del formato democrático de lo “publico”, en  términos de Bernar Manin.

Esto se verá reflejado en la derrota electoral del propio Néstor Kirchner en un bastión  del peronismo, como es la provincia de Buenos Aires. El triunfo se alza  en manos de un candidato timorato como Francisco de Narvaez quien constituye  su campo electoral en torno a problemas que tiene “la gente”, sobredimensionados por los medios de comunicación antes que en proyectos ideologizados o relatos ideologizados de país.

No obstante el kirchnerismo, esquivando toda sugerencia conservadora de aggiornarse  para encajar en esta “democracia de audiencias inestable”, prefiere abandonar todo posibilismo. Entonces, dotado de un espíritu audaz y transgresor profundiza el camino progresista o izquierdista con medidas tales como  asignación universal, por hijo, ley de medios,  estatización AFJP  y Aerolíneas.

El kirchnerismo busca plasmar una cultura política donde, a contramano de la cultura dominante  de esta época posmoderna,  las ideas primen sobre las fugases imágenes, los programas sobre el marketing y la militancia colectiva predomine sobre el electorado fugaz y golondrina.

El kirchnerismo, como cultura política,  implica un repolitización y reideologización de sectores significativos de la sociedad especialmente en sus segmentos más jóvenes. No obstante ha resultado insuficiente.

Paradójicamente de cara a las elecciones  del 2015, los candidatos con mejores intención de votos son los que modulan una intensidad ideológica más moderada tales como Massa, Insaurralde,   el mismo Scioli al interior del Frente por la Victoria, más propia de la democracia pública o noventista.

Como los define el politólogo José Natanson, director del Lemonde Diplomatique, son políticos commodity. “Maestros en el arte de eludir definiciones fuertes, los políticos-commodity pueden, como Scioli, visitar el stand de Clarín el sábado y homenajear a Zaffaroni el miércoles, prometen, como Massa, cambiar lo malo dejando lo bueno, o directamente dudan entre jugar de un lado o del otro, como Insaurralde. Si los drones difuminan la línea que separa la guerra de la paz, ellos sobrevuelan con asombrosa agilidad la frontera entre gobierno y oposición que el kirchnerismo tanto se esfuerza en subrayar”.



Así, el coctel formado con la preeminencia, en las encuestas de opinión, de candidatos  “indefinidos” de cara a las elecciones presidenciales 2015, con  poderes mediáticos agudizando una campaña deslegitimadora del elenco kirchnerista gobernante, con la configuración de los conocidos “climas destituyentes”, la continuidad de la cultura k con un candidato del “palo” parece una empresa complicada.

El kirchnerismo se halla ante un dilema de difícil resolución. Si decide presentarse con un candidato moderado como Daniel Scioli, corre el riesgo de perder identidad y auto-limitarse en las transformaciones políticas culturales y sociales, al tiempo que no tiene garantizado el triunfo electoral. Si decide presentarse con un candidato propio, puede llevar a un cisma con parte del peronismo tradicional y conservador que apoya a Scioli, espantar al electorado “indeciso” hacia fórmulas o candidatos aparentemente “suaves” -que prometen continuar con lo bueno, pero evitar lo malo- y finalmente salir derrotado.

Para entender este dilema tal vez no sea descabellado apelar  a un viejo debate entre Juan Domingo Perón y su delegado John William Cooke, en Argentina durante la proscripción del peronismo en los ‘60. Cooke le demandaba a Perón la configuración de un peronismo compacto en términos ideológicos, nutrido de los cuadros más combativos, depurando del mismo a los elementos oportunistas, acomodaticios, adulones, burócratas  para evitar que el peronismo continuara siendo “un gigante invertebrado” y se consolidara como “el hecho maldito del país burgués”.  A lo que Perón le responde desde Madrid, “si voy sólo con los buenos, llego con muy pocos”.

Más allá de esta respuesta cargado de posibilismo del propio líder histórico del peronismo, la experiencia reciente indica que en  estos años   han sido  en los momentos débiles   donde el  kirchnerismo   dobla la apuesta y  muestra su carga más transgresora. Tal vez esta no sea la excepción.

Biografía Consultada

-Natanson Jose ,“Chocolate laxante” 1 de febrero, 2015, Pagina /12.

-Delgado Garcia Daniel,  “Estado y Sociedad” , 1994, Norma, Flacso, Bs As.

-Pousadela Inés, “Que se vayan todos, enigmas de la representación política”. Claves para todos, enigmas de la representación política, Capital Intelectual, 2006

-Mocca Edgardo, “Clivajes y actores políticos en la Argentina Democrática”, Revista Debates, 2009.

-Galasso Norberto, “Los hombre que reescribieron  la historia”, Punto de Encuentro, 2010.

-Manin Bernad, “La Metamorfosis de la Representación” en M. Dos Santos, comp ¿Qué queda de la Representación Política?, CLACSO, Nueva Sociedad, 1991

-Held David, “Modelos de Democracia”, México,Alianza 1992.

-Quiroga Hugo, “La República Desolada”, Edhasa, 2010

-Quiroga Hugo y Tcach Cesar (comp), “Argentina 1976-2006. Entre la sombra de la dictadura y el futuro de la democracia”, Homo Sapiens, 2006.




lunes, 31 de marzo de 2014

DEMOCRACIA (UN BREVE REPASO).


Democracia de promesas iniciales auspiciantes igualadoras y democratizantes en tren de reparar heridas políticas, económicas y humanitarias de la noche atroz y terrorífica. De avances prometedores, el ejemplar juicio a la Junta y  trágicas capitulaciones como la ley de obediencia debida y punto final.

Democracia de  positivas intenciones inaugurales para el imaginario progresista, como renegociar deuda externa heredada de los años de plomo con quita, evitando ajustar al pueblo, reciclando políticas públicas redistributivas, para luego retractarse  ante condicionantes poderes fácticos internos y externos;  ante la espiralización de precios y una burguesía veloz y audaz en el  remarque  pero temeraria  al riesgo y la inversión. Democracia de golpes de mercados. De resignación.




Democracia que transcurre por traiciones a banderas, a consignas, a  pasados y simbologías nacionales-populares. Democracia de indultos oscurantistas, de relaciones carnales, de cariños sobreactuados, indignos a la élite financiera. De subordinación,  de fusión y enajenación del gobierno democrático a los poderes depredadores. De estabilidad ficticia donde las clases medias dichosas volcaban sus ensueños de  turismo internacional.
Democracia de hedonismo, de consumismo, de apatía y despolitización generalizada.Democracia de ciudadanía ambigua  y heterónoma que  destella   al compás de terrenos periodísticos resbaladizos, fugases, alarmistas con orientaciones lucrativas. Sin embargo, por contraste,  en el subsuelo  de una escena política patética y trivializada se originan y se asocian (democráticamente)  bombos destemplados, repiqueteo popular, en rutas obturadas por los “grasosos”,   los “irracionales”,  los indeseables, los excluidos.

Una Alianza inviable corona el  espectáculo folletinesco. Emproligar un neoliberalismo agusanado de corrupción y frívolo,  moralizar la política infame, limpiarla de sus zonas oscuras nos aseguraba,  afirmaban,  panaceas igualitarias. Promesas incumplidas de “honestismo” y agudización de síntomas recesivos de alarma del modelo especulativo, financiero y apropiador  agravados por decisiones erráticas de un gobierno que ejercía el deporte de una colosal ineptitud.   De  inutilidad, de ausencia de reflejos en la gestión cotidiana, pero de veloz  brutalidad reaccionaria  y asesina  en las resistencias de los desclasados en el ágora efervescente.

 Democracia en  “corralito” y “corralón” con el regreso del  super ministro, el primogénito. Democracia  de cacerolas  medias que transmutan  en metamorfosis contingentes sus espíritus conservadores bajo la consigna “piquete y cacerola  la lucha es una sola” y confirman aquella  hipótesis de la víscera más sensible del famoso general. Llevan como bandera la impugnación a la política pero el mercado permanece intocable en el imaginario mediero.

Inconciencia, ¿inocencia social?  atravesada por una racionalidad mediática que rechaza la política  en tanto el dominio económico permanece a trastienda intocable, in-corrupto, opaco en la invisibilidad.
Democracia  enferma de grave  crisis de representación. Cinco presidentes. Brutal devaluación, algarabía del capital. Del “veranito” de Duhalde y Lavagna .De Santillan y Kosteki .  Quizás el último reflujo, esfuerzo popular trascendente que obliga al llamado a comicios para cerrar la farsa política de sectores dominantes.

Democracia de chirolita, con prontuario en las hueste del menemato,  a impostura,  a falsedad,  a espuria apariencia, a descarda simulación, a retorica pragmática y oportunista  para sectores progres ¿Progres? De populismo, de demagogia, de naturaleza subversiva, de crispación, de violador serial de instituciones republicanas  para  dioses ancestrales.

Democracia oxigenada, revitalizada a partir del regreso de  tradiciones, de debates,  de identidades semi-clausuradas. Una democracia donde se vuelve hablar de igualdad, de distribución, del rol del estado, de capitalismo, de emancipación. Se prioriza la deuda social por sobre la deuda externa. Se limita la dominación del Norte y se acentúa la integración latinoamericana. Se van aliviando heridas que la democracia se debía con los procesos judiciales a la dictadura. Años de crecimiento y reparación social. No exentos de tensiones y graves conflictos con poderes concentrados.

El kirchnerismo, hoy un tanto machuco, implica en sus comienzos una amplificación  desde niveles estatales de la grieta, la rasgadura  de  la hegemonía cultural del neoliberalismo inaugurada y visibilizada por los movimientos sociales. Una rearticulación entre la horizontalidad  predominante en la sociedad civil y  la verticalidad del estado. Rearticulación necesaria para disputar poder con algún éxito en las grandes ligas. Y evitar los límites típicos del universo axiomático transformador siempre propenso a diluirse en la intrascendencia o  en alguna una entelequia conflictiva en el seno de la opinión pública sin posibilidad real, concreta de aplicación.

Democracia re- politizada, de militancia juvenil. De puja distributiva y de inflación. Quizás en estos 30 años (y meses) sea la primera vez que en forma decidida y continua  la democracia como gobierno del pueblo busca algún espacio de autonomía frente al imperio económico y mediático en un capitalismo dependiente con alta vulnerabilidad externa. Esto involucra  un equilibrio complejo, contradictorio, tenso, sutil entre la “ética de la responsabilidad”, de naturaleza conservadora  por su preocupación exclusiva de gobernabilidad,  y la “ética de las convicciones”,  que demanda apurar los procesos transformadores sin medir  las consecuencias perjudiciales y negativas en términos sociales.

domingo, 9 de junio de 2013

¿EL KIRCHNERISMO HA DIVIDIDO A LOS ARGENTINOS? (¿O YA ESTABAMOS DIVIDIDOS?).


Hay un consenso, en buena parte de la prensa, que alcanza vastos segmentos de la opinión pública  respecto a que el kirchnerismo habría situado una lógica binaria en la política y en la sociedad, una lógica antagónica cuyo motor es la instalación del conflicto  proveniente de la naturaleza inherentemente  crispada del gobierno. Esto es visto como un elemento pernicioso y perturbador per- sé para el régimen democrático en Argentina.                                                                                  

Pero el espíritu conflictivo del gobierno -que representa la soberanía popular- con las corporaciones  acostumbradas a mandar, celosas de sus privilegios, no configura un síntoma negativo en el cuerpo democrático, sino por el contrario le otorga vitalidad al mismo porque inyecta conductas o acciones re-politizadoras y re-ideologizantes en porciones significativas de la ciudadanía.

Si deseamos transitar desde una democracia procedimental schumpetereana, donde poseen preeminencia las elites políticas, tecnocráticas y corporativas a una democracia participativa con mayor protagonismo del pueblo, el  defenestrado, el demonizado “conflicto” resulta vital.

Se señala que el gobierno ha logrado, con sus políticas, una  división insalvable entre los argentinos. Que antes de la llegada del kirchnerismo  esta tragedia no estaba presente.

Lo cierto es que  el derrumbe del socialismo real y el advenimiento de la hegemonía neoliberal  había logrado diluir las identidades de clase y tradiciones nacionales y populares en una difusa opinión pública o en un termino etéreo  propagado por el mundo mediático como la “gente”;  pero las sociedades capitalistas y más aún las economías dependientes de nuestro hemisferio en el que nuestro país no constituye  una  excepción, la división entre opresores y oprimidos entre burguesía internacionalizada y pueblo, aunque camuflado por la cultura neoliberal seguían estando presente. El kirchnerismo  resignifica y pone en  el ágora pública esa escisión que es histórica, rescatando los ecos más progresistas de los movimientos nacionales combinándolos con  las necesidades y demandas civiles de las minorías en los nuevos tiempo.

Las clases dominantes y sus voceros mediáticos y también políticos machacan hasta el hartazgo  de modo hipócrita y  seudomoralista las virtudes superiores que radicarían  en el consenso sobre el conflicto, pero en realidad la sociedad consensual que proponen busca encubrir la dominación y la explotación que usufructúan sobre los sectores subalternos. Además  no es verídico que no haya consensos en la sociedad.  Existen consensos básicos, que se cristalizan en las instituciones republicanas, el  denominado estado de derecho constitucional, por las cuales se canalizan y se procesan  los conflictos de  manera pacífica  provenientes de la trama  social.

No estaría demás señalar que este andamiaje institucional  nace desde  orígenes  liberales por lo que las reglas de juego que la constituyen, si bien configuran una amalgama esencial para la protección de libertades y garantías individuales, poseen entre sus misiones centrales  conservar la propiedad privada de  las clases poseedoras.  Por lo que al partido, al juego democrático las fuerzas populares lo juegan en campo contrario, lo juegan de carácter visitante.