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viernes, 15 de abril de 2016

SOBRE EL TARIFAZO PRO


Coincidiremos que había que hacer una racionalización de las tarifas en servicios en clases medias, medias/altas. Tipos que pagaban de 10 pesos de luz y cambiaban el 0/K todos los años, no solo por una cuestión ética de equidad, sino macroeconomica.

El  0/K y demás electrónica insumen una buen cantidad de dólares que hacen a la "restricción externa", es decir a la falta de divisas en el Banco Central que induce a bruscas devaluaciones.
El tema es como hacés el ajuste…

El kirchnerismo, durante la gestión de CFK, en su momento quiso reactualizar tarifas, para que el Estado reorientara el gasto a sectores vulnerables en salud, vivienda, programas sociales. No pudo, no lo dejaron, y hoy la clase media (no toda) acepta el "esfuerzo" para tapar el agujero fiscal que dejaron la eliminación a las retenciones de la gran burguesía exportadora.

Es decir, la clase media hegemonizada por los medios concentrados de comunicación acepta el esfuerzo “por la maldita herencia” para liberar excedentes a favor de la oligarquía, pero ponía el “grito en el cielo” si ese sacrificio iba dirigido hacia los sectores populares.

viernes, 6 de noviembre de 2015

KIRCHNERISMO, ¿UN POPULISMO DE CLASE MEDIA?

Alvaro Garcia Linera, actual vicepresidente de Bolivia, recomienda como uno de los pasos para profundizar los procesos progresistas de América Latina consolidar las políticas redistributivas para los sectores bajos de la sociedad. Lo que considera el nucleo duro, el sector fiel, no volátil  de  los gobiernos progresistas.
En Argentina con el kirchnerismo, se puede decir que, a diferencia del primer peronismo, los más beneficiados han sido los sectores medios.

Con esto no se quiere enunciar que los sectores populares no se hayan beneficiado de las políticas  económicas del modelo. No hace falta  sino remitirse a los millones de puestos laborales, a las jubilaciones y asignaciones sociales universales para dar cuenta de tal evidencia.

Sin embargo, comparado con el primer peronismo, la profundidad redistributiva es menor para los sectores populares. Es sabido que aún sufren, a pesar de los avances y logros sociales mencionados, alto déficit habitacional y son víctimas de altos índices de empleo en negro o informal y pobreza. 

Esto, en gran medida, se explica porque  las capacidades estatales del Estado-Nación en este siglo XXI  de globalización financiera son bastante más limitadas que la del Estado de la segunda posguerra mundial del siglo XX. O como dice, en términos más compresibles, pero no por eso menos profundo, Hebe de Bonafini: “Evita y Perón manejaban un Crucero, Cristina una lanchita”.

Lo cierto es que han sido los sectores medios los más beneficiados con el modelo K. 

Esto se ve claramente reflejado en la explosión de consumo de automóviles y electrónica, los viajes masivos de argentinos “bien” y “no tan bien” (¡ja! ) al exterior, el drenaje permanente de dólares que absorben estos sectores, además del Procrear, tarifas subsidiadas y otros planes.



Es sabido la propensión de segmentos (no menores) de clases medias a pensar en clave hegemonizada liberal. 
Es decir pensar que su éxito económico es producto casi-exclusivo de su esfuerzo personal omitiendo  las actuaciones del gobierno o del estado, salvo cuando “les va mal”.

De allí que todo gobierno es percibido, a lo sumo, como un mal necesario para cuidar la “seguridad”. Pero si el gobierno no la garantiza y encima es percibido como una élite corrupta y privilegiada, es susceptible de ser cambiado al no hallar una correlación alguna entre su bienestar personal y la actuación del Estado.

La clase media ser perciben menos dependiente del Estado y su éxito lo esperan  lograr en el mercado, en el sector privado. 

Segmentos de clase media perciben al Estado como una carga que les absorbe dinero por los impuestos que sienten que después no los beneficiará.

Se sienten en condiciones de  poder  pagar una  educación de “calidad” para sus hijos en colegios y universidades privadas. Resuelven sus problemas de salud en clínicas privadas, no tendrían problemas de aportar en cuentas individuales para su jubilación en empresas privadas. 

El Estado los azota con una presión impositiva que va a beneficiar a los “vagos” o indeseables  mediante “planes sociales”.

Los sectores populares que han llegado tarde al reparto capitalista tienen, y sienten, mayor dependencia del Estado. Lo consideran, quizás,  el último piso para no pasar hambre.

Durante gobiernos neoliberales como los de Menem o De la Rua o conservadores como el de Eduardo Duhalde existieron políticas sociales destinados a sectores populares, pero eran de carácter focalizados o dirigidos exclusivamente a los sectores excluidos o vulnerados por la economía.

Con el kirchnerismo la política social se universaliza y tiende a convertirse en un derecho más allá de un “mero plan”. Esto es un avance sin dudas. 

Pero si se busca diferenciarse en la percepción de esos sectores con los otros gobiernos, y consolidar el núcleo duro, como dice Alvaro García Linera, quizás esto después de un tiempo resulte insuficiente.

A modo de ejemplo vale una anécdota personal:

Trabajando en talleres de educación popular con sectores vulnerables que recibían  la asignación universal, una de las beneficiarias me comenta que “su familia siempre fue ayudada por un plan social”, ya sea de carácter provincial o nacional, por lo que no notaba la diferencia de la actual gestión, por el kirchnerismo, con los anteriores.

Un gobierno progresista y popular tiene que ser percibido como diferente por parte de los sectores postergados y eso implica profundizar (acá y en la China) la redistribución del ingreso afectando a poderes económicos y limitando, incluso,  fuertemente el consumo ex-pureo de sectores medios.

No  es una empresa fácil, obvio, implica cambios económicos, afectando a capas altas de la sociedad y también culturales, cambiar patrones de consumo de dependencia y despilafarro en sectores medios.

Es fácil decirlo y pronunciarlo como hace cierta izquierda estricta, pero  no le podemos cargar la responsabilidad exclusiva a un gobierno.

El gobierno tiene que hacer lo suyo, (con una integración latinoamericana, o supra-regional previa dadas las limitaciones del Estado-Nación individual hoy) pero la ciudadanía tiene que tomar conciencia de esta problemática.
Porque un gobierno puede tener los mejores planes en este sentido pero cometer el "pecado" de actuar "en frío", desde arriba, sin la correspondencia de la sociedad y quedar deslegitimado o en orsai.

Algo de eso pasó cuando se quiso capturar la renta de la oligarquía agraria durante 2008.


lunes, 13 de mayo de 2013

El 18A Y LA GENTE COMÚN


Es cierto como dicen algunos manifestantes de ayer que en el 18A no había sólo clases altas o burguesía repudiando al gobierno por la falta de dólares. Había también clases medias y sectores populares. “Gente Comun” como se dice.  Esto se ve también claramente reflejado en las redes sociales.
Sin embargo, mientras  la burguesía defiende genuinamente sus valores e ideas de derecha-liberal  acorde a sus intereses de clase dominante  repudiando lo que consideran un gobierno “zurdo” que intercede en sus acciones individuales,  la Gente Común asume los valores conservadores de estos como si fueran  propios, sin reparar que  de alcanzar la derecha  el gobierno los va perjudicar sin contemplación. Claramente la alta burguesía y los medios hegemónicos usan, en este tipo de manifestaciones, a la Gente Común o asalariados para defender sus privilegios, siendo paradójicamente a  los primeros que van a excluir con sus políticas económicas si llegan al gobierno.

No es menos verídico que la Gente Común   golpea sus cacerolas centrando sus demandas en problemas concretos que afectan su cotidianeidad  como la inflación y la inseguridad,  que el gobierno nacional no ha sabido o no ha podido solucionar, pero carecen de   proyectos institucionales o programáticos autónomos.
A la Gente Común la constituyen multitudes  des-ideologizadas impugnadoras de la política, de la misma naturaleza del que se “vayan todos”. Pero no advierten que si se “van todos”  desaparece la política. Y si la política muere queda sólo el mercado. Y en el mercado, ahí sí, definitivamente ganan  los poderosos.

Si se acepta, aunque sea a regañadientes este último argumento, entonces la Gente Común se centra de modo exclusivo en despotricar contra el gobierno porque no posee  soluciones inmediatas  “ya” a sus problemas cotidianos. Argumentan que ellos son simples ciudadanos que la “pelean” en sus trabajos y que es a la gestión pública de modo exclusivo al que le corresponde actuar, pero deberían tomar conciencia que una democracia también, además de los sectores dirigentes,  se constituye con ciudadanos  reflexivos, informados capaces de articular propuestas alternativas para intentar dar soluciones a  sus preocupaciones. No sirve, no vale sólo criticar.
Por comparar, es como si en los ‘90 o fines de esa década aquellos que simpatizaban con las tradiciones progresistas o de izquierda se hubiera limitado a rechazar los gobiernos neoliberales vigentes en sus manifestaciones sin reparar o imaginar un proyecto transformador alternativo. Ese proyecto estaba en las consignas y en las proclamas de movimientos sociales y actores  críticos al neoliberalismo. Y esas banderas  en buena medida fueron rescatadas y concretadas, es cierto no sin contradicciones u opacidades, por el actual gobierno.